Mi Sombra
Capítulo IV
—¿Qué dicen, le llevamos Skittles a Tom también?
A esa hora de la tarde, casi de noche, una reunión se llevaba a cabo en un cómodo departamento como todos los sábados a ese horario. Eran cuatro chicas, muy queridas por Bill y bien conocidas por la banda por ser “ruidosas”. Ellas cuatro dirigían a muchas más personas, pues eran la directiva, quienes representaban al masivo grupo. Las fans amigas de Bill. La que estaba hablando era su presidenta.
—Chicas, despierten —solicitó Lala.
La verdad era que todas estaban en las nubes y por la misma razón. Lala notó aquello y con un suspiro se dejó caer a la amplia alfombra en la que todas estaban recostadas. Debido a que pasaban mucho tiempo juntas, a veces compartían los pensamientos.
—Ya, ¿quieren hablar de la última conversación que tuvimos con Bill?
—Ay, Lala, quedé tan preocupada —se lamentó Paola— Sonaba feliz, pero no sonaba a él.
—Irónicamente se oía automático —rió tristemente Cata.
—¿Saben? Eso me daría risa si no fuera porque estamos hablando de Bill —añadió Nicole.
El aire de pesimismo entre las cuatro abundaba. Tanto que para aliviar su condición, exhalaron pesadamente como si bostezaran antes de dormir.
—Ya. No nos pongamos a morir, chicas —pidió Nicole levantándose un poco para mirar a sus compañeras— Hablemos de algo interesante.
—De hombres no, por favor —habló Paola.
—Dije de algo interesante.
—Ah —entendieron en conjunto.
—Yo ya no quiero charlar. Hemos estado haciendo eso toda la tarde y ya se hizo de noche —comentó Cata con voz cansada.
Su oración hizo encender una gran idea a Lala, quien siendo la presidenta del grupo, no podía quedarse callada y con voz entusiasta les comunicó a las demás su plan.
—Oigan chicas, ¿y si salimos por ahí?
…
Si bien había visto muchas luces en el camino, las que Bill pudo observar cuando el auto de Tom se detuvo frente a un gran rascacielos los encandilaban. Cientos de luces disfrazaban el lugar de un casino de Las Vegas. Desde niño que le gustaban los lugares lujosos y por eso de adulto los frecuentaba. Se preguntaba qué era ese lugar que no había oído hablar de él antes.
—Subamos, hermanito —dijo Tom saliendo del audi.
—Tom, ¿qué es este lugar?
—Para saberlo, lo primero que tendremos que hacer es subir, ¿no lo crees?
Bill levantó una ceja como era su costumbre. La amable, pero falsa sonrisa de su gemelo le hacía preguntarse qué estaba tramando. Esperaba que fuera algo bueno.
Antes de llegar a su destino, tuvieron que pasar por miles de matones y guardias. El lugar estaba muy bien cuidado, dando a entender que sólo personas muy exclusivas podían entrar.
En el último piso del imponente edificio, se hallaron frente a una amplia puerta roja de una madera muy fina. Estaban como para recibir a un príncipe. A los lados de esa puerta, se encontraban dos hombres bien fornidos. Los guardias del lugar.
—Los estábamos esperando. Sean bienvenidos al bar Red Veil —saludó Robert.
—Gracias.
Dejaron sus abrigos en la custodia y al pasar a la estancia, Tom le guiñó el ojo disimuladamente a Ashton. Aquella seña daba a entender que debían poner en marcha el plan que había hecho traer al guitarrista a su hermano. Claro que Bill no notó ese intercambio de gestos.
Como dos buenos hermanos, se sentaron en la mesa que Tom había reservado. Los asientos eran muy cómodos, como si hubiesen sido hechos para la realeza del medio oriente. Así se sentía.
—¿Y bien, qué te parece? —preguntó Tom.
—Un bar, ¿eh? —inspeccionó con la mirada— Me gusta mucho, pero…
—¿Pero?
—Pero no puedo juzgar un bar sin antes haber probado sus licores.
Los dos rieron. Era ley, si hacían una pausa no podía faltar el bendito alcohol que los ayudara a divertirse.
—Entonces… que traigan el mejor whisky para mi hermano.
Así fue. Le trajeron varios tipos. De todos los países y grados. Tom podía acompañarlo bebiendo, pero tenía prohibido emborracharse, porque si lo hiciera pondría en peligro el plan que tenía preparado para él.
…
Para ser una de las jóvenes del lugar, Ornella tenía mucha suerte. Era la más joven de sus compañeras y gozaba de privilegios que las demás no. Tenía una habitación propia, no compartida. Esa habitación tenía una sola ventana que llegaba hasta el piso, cosa que las demás no tenían. Sólo vivían en cuartos oscuros. ¿La razón? Si bien no vendía su cuerpo como algunas de las bailarinas, sí danzaba para importantes personajes. Entre ellos, algunos le dejaban obsequios y pagaban muy bien por unos minutos de su compañía.
Así se había hecho famosa Kitten, porque Ornella era incógnita dentro de ese mundo en donde la amiga se vuelve contra la amiga por traer más pan a la mesa. A pesar de estar por encima de varias bailarinas, todavía tenía sobre ella a la única que no se había ganado el derecho de ser llamada por su nombre, Josmary.
Dentro de la habitación, reposaba Ornella sobre su cama observando la pared vacía. Nunca decoraba los muros, pues le gustaba la sensación de pureza aunque fuera en alguna faceta de su vida en el bar e incógnito burdel.
Sintió que la puerta era abierta abruptamente y giró su vista etérea hacia allá. Era su rival.
—Prepárate. Tenemos trabajo —habló hostilmente contemplando a Kitten desde arriba.
Ornella no era tonta y sabía que si Josmary, quien tanto la detestaba, la estaba acarreando a algo, era porque había sido previamente manipulada.
—No quiero ir.
—Otra vez con tu rebeldía —bufó Josmary— Entiende. Si ellos quieren que bailes, lo harás y si quieren pagar por tener algo más, también lo harás.
—Nunca me opongo a las órdenes de Ben, pero sí a las tuyas —replicó Ornella— Si trabajo será por mi cuenta, no contigo como mi jefa.
—Me temo que no tienes opción.
Lo que Josmary no entendía, era que Ornella la conocía más de lo que se imaginaba. Si bien no encontraba cómo llevarse bien con ella, sí sabía cómo negociar con ella.
—Abre el armario —habló Kitten— Toma el vestido que quieras. Podrías quedarte con el que me regaló el primer ministro. Sé lo mucho que te gusta y yo no lo pienso usar jamás.
Los ojos le brillaron a su rival, quien vigorosamente tomó la fina prenda en sus manos y se dirigió una vez más a Ornella.
—Un vestido de lujo por cubrirte. Tengo que decir que es un mal trato. Con los gemelos Kaulitz podrías hacerte un buen monto.
—Ya tienes lo que quieres. Sal de mi cuarto.
—Sólo una cosa —habló Josmary— Si te piden que hagas algo aparte de esto, no te cubriré. Será sólo en esta ocasión.
—Sabré hacerme cargo —le dijo Ornella con firmeza— No habrá problema.
—Ojalá así sea, porque no creo que quieras vértelas con Ben otra vez.
Ornella apretó los labios y Josmary sonrió con malicia. Ambas sabían lo que eso significaba. Las dos habían vivido alguna vez en carne propia el castigo de la mano derecha del dueño.
…
—¿Ya no estás enfadado por haberte traído aquí? —preguntó Tom a su hermano.
Bill ya estaba bastante “animado”. El licor se había impregnado en su sangre y la timidez se lanzaba por la borda. Reía y sonreía sin soltar el whisky.
—P-Por lo único que te mataré es por no haberme traído antes —rió exageradamente.
—Creo que ya te embriagaste bastante —habló Tom en voz baja.
En ese momento, Tom recibió una llamada en su celular. Sin siquiera mirar el número, contestó.
—¿Si?
—Ya sabía yo que no estabas en una conferencia.
—¿Makitha?
—La misma. Tom, ¿en dónde estás? Te necesito.
—Vaya, me agrada que seas tan directa. Te puedo visitar en cuanto termine aquí.
—No, Tom. No me refiero a eso. Te necesito aquí en tu casa.
Ahí el guitarrista dejó un poco el tono de humor para poner más atención.
—¿Ocurrió algo en nuestra casa?
—Aquí tengo a cuatro chicas que exigen ver a Bill y como me quedé a supervisar las máquinas del gimnasio vinieron a mí —explicó la entrenadora personal.
Hubo un momento en el que se escuchó que le quitaban el celular a Maka. Tom aguardó. No pasó mucho tiempo hasta que escuchó una nueva voz.
—¡Tommy!
—¿Lala? —preguntó extrañado— ¿qué hacen ahí?
—Queremos salir con Bill esta noche.
—No creo que pueda, chicas —dijo nerviosamente— Él está---
Antes de que pudiera reaccionar, Bill se acercó al celular y habló dentro de su estado. Eso no favoreció el panorama.
—¿Son las chicas? Diles que vengan ahora. Tenemos suficiente Johnnie Walker para todos y luego iremos a ver las estrellas —habló incoherentemente.
—“¿Debería considerarme muerto?” —pensó Tom.
Las fans escucharon el estado en el que se encontraba su amigo e ídolo y múltiples exclamaciones se oyeron del otro lado de la línea.
—¿¡Qué le hiciste a Bill?! —preguntaron todas.
—Er… ¿hola?, no las escucho —dijo disimuladamente.
—¡Considérate castrado, Tom Kaulitz!
Y colgó. Lo último que escuchó le puso los pelos de punta, pero no era su prioridad.
Justo cuando más la necesitaba, entró Josmary con un elegante abrigo cubriendo su cuerpo. Parecía una mujer que entraba al bar como cualquier otra, pero era sólo un disfraz. Se acercó a la mesa de los Kaulitz y les dio la bienvenida con su característica sonrisa compradora.
—¿Cómo puedo complacer a los hermanitos?
Había un grado de complicidad entre ella y Tom que delataba el secreto del lugar. Los demás clientes del lugar ni se imaginaban que el pomposo bar tenía un sector anexo prohibido para la mayoría.
—Como tú sabes hacerlo —contestó Tom— Necesito que traten bien a mi hermano. Hay que llevarlo ahora que podemos.
La joven bajó la vista y comprobó que Bill no estaba con todas sus capacidades, pues no tenía noción de lo que ocurría y no estaba segura de que los hubiera escuchado a ella y a Tom.
—¿Por qué lo llevaste a eso?
—Tuve que hacerlo. Si se diera cuenta, no aceptaría nada —explicó.
Josmary entendió su posición. Aunque no le gustara el hecho de que casi no se diera cuenta, ella sabía que tenía que cumplir con su trabajo.
—Vengan los dos.
Con ayuda de los hombros de Tom, Bill fue guiado por un oscuro pasillo cuyas únicas luces eran las barras rojas que centellaban en el techo. Estaba lo suficientemente sobrio como para darse cuenta de la tenue luminosidad del sitio. El pasillo continuaba y continuaba, hasta que llegaron una puerta que no se parecía nada a la de la entrada. No tenía vitrales ni adornos. Era una puerta hecha de la mejor madera. Hecha para guardar secretos, por lo que no tenía ni una sola apertura más que el ojo mágico.
Un olor femenino llegó a la nariz de Bill. Olía a canela y miel, como invitando a ser un huésped del interior. Por un momento se sintió hipnotizado por ese aroma y tuvo que parpadear dos veces antes de fijarse en el umbral de la puerta que decía en letras rojas y brillantes “Red Veil Jewells”.
Entraron y se reveló un mundo paralelo muy diferente al que Bill conocía. Tubos y jaulas por doquier, en donde bellas y frescas mujeres bailaban y exponían sus mayores atributos. Claro que él notaba poco de lo que ocurría y sólo se percataba de que estaba siendo depositado sobre un cómodo sofá.
—¿Tom? —llamó desorientado.
Al mirar a su lado pudo percatarse de que su hermano estaba siendo bien acompañado por dos chicas con muy poca ropa. Lentamente le bailaban casi sobre su regazo y a él no parecía molestarle en lo absoluto, era más, su cara delataba un goce sin descripción. A pesar de eso, hizo tiempo para voltear su cabeza hacia su hermano.
—Relájate, hermanito. Sólo disfruta del paisaje.
El “paisaje” se vio casi al instante, porque bastó que Bill fijara su mirada al frente para darse cuenta de que se le aproximaba compañía femenina. La mismísima Josmary lucía un diminuto atuendo que resaltaba su bronceada y tersa piel, como una diva exótica.
La figura de la bailarina simuló ser una cobra real cuando comenzó a moverse al ritmo de la música en un embriagador compás. Era guapa, pero Bill, aún estando medianamente ebrio, se dio cuenta de que en sus ojos centellaba el destello de intenciones poco puras y deshonestas. Entonces recordó que ese mismo resplandor lo había visto antes. Por supuesto, esas intenciones mal fundadas las había visto en las irises de aquellas personas que se mofaban de él y lo golpeaban al salir de la escuela. El contexto era muy diferente, pero ambas luces delataban que iban a hacer algo que él no quería.
—¡Basta!
Varias personas en la prohibida estancia se voltearon a ver a quien se había puesto de pie apartando a la atractiva morena, quien quedó con una mirada ofendida en su acicalado rostro. Entonces se sintió descubierto y mirando a Josmary decidió ser honesto. Podía ser que le fuera difícil mantenerse en pié, pero aún así era consciente.
—Disculpa. Eres muy bella, pero… no puedo.
Nadie se movió, sólo Bill, quien hizo el ademán de correr hacia la puerta, pero su estado lo hizo tropezar e impactar fuertemente contra el piso. Que un hombre alto y distinguido como él se estampara contra las baldosas, desmayado por el licor, era algo que llamaba la atención y no tardó en ser rodeado de quienes estaban allí. Cuando decidieron qué hacer con él ya no había vuelta atrás. Su destino estaba sellado.
…
El olor cambió nuevamente. Ya no olía a canela y miel. Las luces rojas ya no se asomaban por sus párpados. A pesar de que aún no despertaba, sabía que estaba en otro lugar. Le dolía la cabeza como los mil infiernos.
—“No quiero despertar” —se decía a sí mismo sin despertar de su sueño— “¿Para qué despertar? Cada vez que despierto siento que me duele todo un poco más”
Pensamientos pesimistas lo invadían. Gritos por todas partes, menos en sus labios. Podía estar callado y derrotado físicamente, pero todo en su interior era caos. Llegaba al extremo de no querer despertar. Prefería tener el sueño suficiente como para reposar del mundo eternamente. No quería morir, sólo dormir. ¿Por qué? Porque hasta por morir el mundo lo condenaría, pero nunca por dormir.
Entonces una voz recorrió su cabeza haciéndole recordar algo muy importante…
—Pero Bill, la luz es muy veloz —alegó— ¿qué pasará cuando te canses?
—Si es así, entonces descansaré en la sombra.
Fue ahí cuando sintió una tela deslizándose por su frente, una seda guiada por una mano. ¿Una mano?
Georg sacaba de su bolsillo una tarjeta de cierta paparazzi, Tom recogía un desconocido celular de su auto y Gustav besaba los hombros de Javiera cuando Bill se inclinó hacia adelante abriendo los ojos de par en par.
Su mirada halló unos ojos tan melancólicos como los suyos. Cosa que no creía jamás encontrar. Pudo comprobar que estaba acostado en un suave cama y que una joven más profunda que la noche lo había estado cuidando. En el níveo cuello de la chica se apreciaba un colgante muy fino que no pasó desapercibido. En él estaba grabado el nombre de “Kitten”
…
ATTE
MASATO

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