Mi Sombra
Capítulo V
El exceso de Bill con el alcohol había dado para que no despertara, pero algo había querido que despertara al tacto de tan fina piel de terciopelo. Sus ojos abiertos de par en par intentaban procesar lo que veían. La sorpresa lo había hecho inclinarse hacia delante de tal forma que había quedado cerca del rostro de la muchacha presente y podía escuchar la respiración que se daba en esos labios entreabiertos dirigidos hacia él.
La chica también estaba sorprendida, pues el despertar de quien estaba sobre su lecho había sido de golpe. La situación era incómoda para ambos, pero Bill recordó lo ocurrido antes de desmayarse y asumió que la chica estaba dispuesta a consentirlo de una especial manera.
—D-Debo salir de aquí —habló casi sin voz— No me gusta este lugar, no sabía qué era realmente cuando entré.
Al cantante le pareció raro que sus cuerdas vocales no le respondieran al primer intento. Era como si la chica de enigmáticos ojos le hubiera secado la garganta.
—No puedo dejar que te vayas —dijo la fémina con pesar, pues había notado el tono desesperado de Bill— Mi deber es vigilarte.
Tom no estaba por ninguna parte, al ver la habitación se dio cuenta de que no sabía exactamente en dónde estaba y él mismo no se hallaba en buen estado. Estaba por su cuenta y la única persona que tenía para poder escapar era la joven cuyo colgante la denominaba “Kitten”. Tenía que intentar convencerla.
—No me gusta estar aquí —dijo Bill.
Kitten le lanzó una mirada de evidente fastidio. Ahí Bill comprendió que había sido estúpido decir que le desagradaba el lugar cuando ella era la que vivía allí.
—Lo siento —se disculpó algo apenado.
Ella se mantuvo silenciosa mientras bajaba la mirada.
—A mí no me gusta nada de este lugar —dijo la chica llamando la atención de Bill— Si fuera por mí, te sacaría de aquí lo más pronto posible.
Al levantar nuevamente los ojos, el cantante pudo ver que estaba siendo sincera y que le dolía la garganta al hablarle de su disgusto por el lugar. Era como si con cada palabra que hablase de su intimidad, polvo de vidrio lastimara sus cuerdas vocales.
—Pero yo no decido nada aquí —continuó— Será todo esto para mí, pero yo no elijo nada. Ni siquiera pude decidir que no quería tenerte sobre mi cama, pero me forzaron.
Bill se sintió de una manera muy peculiar. Veía a la joven delante de él y la analizó. Era hermosa, gozaba de lujos y a juzgar por eso, debía ser muy codiciada. Sin embargo, recordó lo que le había dicho Tom a él mismo.
“He visto más felicidad en un funeral”
Memorando aquella frase, se dio cuenta de que lamentablemente se parecían en esa faceta. Él también tenía todo para ser feliz, o lo que la gente cree que se necesita para serlo, pero no lo era. Tal vez porque al principio había sido divertido y lo había elegido él, pero su vida había llegado a un punto en el cual pocas cosas eran de su elección.
A pesar de eso, sabía que para ella debía ser mil veces más difícil.
—Si tú sabes lo amenazante de este lugar mejor que yo… por favor ayúdame—suplicó Bill.
Al principio la vista de Kitten fue dura, pero cedió en cuanto vio que los ojos del alemán le revelaron que él no pertenecía a ese mundo. Los otros hombres que se habían negado —también por ser forzados por alguien— habían terminado cediendo muy a pesar de sus principios como caballeros, pero como decían en el burdel, todos son hombres al fin y al cabo. Bill podía ser hombre, pero sus irises le revelaban que no era de este planeta. Los principios de los mortales no debían serle familiares a alguien como él.
Muy a pesar de ella, Kitten apretó sus labios y se decidió.
—Sígueme —pidió.
En cuestión de segundos la mano de Kitten tomó la de Bill y lo puso de pié. Él no entendió el por qué de su repentina hiperventilación, pero no se atrevía a preguntar, sólo a confiar en ella porque no le quedaba alternativa.
—No me cuestiones —advirtió la chica— Sólo haz lo que yo te diga. Rápido, que no tenemos mucho tiempo.
Primero Kitten abrió sigilosamente su puerta, cuidando de que no hubiera personas en el estrecho y oscuro pasillo para salir. Ni un alma a la vista.
—Ahora
Bill por poco se tropezó cuando la chica lo llevó por los pasillos a una considerable velocidad. Él no veía casi nada, pero como ella conocía de memoria el lugar, no tenía problemas para esquivar los obstáculos tales como jarrones y esa clase de cosas.
Su constante carrera se vio detenida cuando la chica vislumbró una sombra que se aproximaba. Por supuesto, ambos tenían previsto que lo más probable era encontrarse con alguien. Entonces Kitten se giró para quedar frente a Bill y lo empujó a un rincón oscuro del pasillo.
—No hagas ruido —susurró la joven a la oreja del cantante mientras esperaban que la silueta pasara por el lugar.
Resultó ser Josmary, quien transitaba tranquilamente por el lugar mientras acomodaba entre sus ropas el dinero recientemente ganado. Kitten agradeció al cielo por haber notado su presencia antes de ser vista, porque si había una persona que quería hacerle daño y perjudicarla en todo lo que pudiera, era justamente ella.
En el tiempo que tardó en cruzar la estancia, Bill captó un agradable aroma.
—“¿Qué es esto?” —pensó inhalando el aire— “Ya no huele a canela y miel”
Tuvo que bajar la nariz un poco para captar la fuente de aquella deleitosa fragancia. Al principio dudó, pero no pasó mucho para tener la certeza de que provenía del cabello de quien lo estaba guiando a una salida. Conocía este aroma, pero ¿de dónde? Cerró sus ojos intentando hallar en su mente la respuesta y se sonrió nostálgicamente cuando la encontró.
—“Edelweiss” —descubrió. La flor de su país.
Extraño, pero cierto. Nadie, ni él mismo hubiera pensado que descubriría un nexo con su querida Alemania en una desconocida en un burdel, porque esa flor, además de tomar el color de la luna, es capaz de representar el honor, el mundo de los sueños y el Amor eterno que nunca se secará.
El reflejo perfecto de una belleza extraña y sosegada. ¿Por qué habría de oler así, ella entre todas las mujeres?
—¡Oye!
La voz de la muchacha lo hizo despertar de sus pensamientos. Todavía no habían salido del lugar. Aún estaban huyendo.
Su mano fue tomada una vez más por Kitten y salieron raudos por el lugar. La ventaja de ellos era que a esa hora la mayoría de las “joyas” de Red Veil estaban ocupadas atendiendo a clientes, así que sólo debían ser rápidos y nadie los notaría. Así lo hicieron y en unos minutos estuvieron casi en las puertas del burdel antes de entrar al bar propiamente tal.
Detrás de un alto estante, la joven se percató de que la puerta estaba despejada y se volteó a Bill.
—Hasta aquí soy capaz de llegar. Los guardias vigilan las puertas del bar —habló mirando hacia el suelo, sin ser capaz de mirar a Bill a los ojos.
—Kitten---
—Por favor, no me llames así —pidió.
—Entonces… ¿cuál es tu nombre?
En ese instante la mirada de la fémina abandonó la elegante baldosa para concentrarse en Bill. Le costó mucho decirle que no a ojos tan sinceros como los del alemán.
—Aquí adentro no existe nadie más que Kitten —sentenció con intentando apaciguar su voz triste.
Bill quiso convencerla, pero lo frenó una voz en su interior que le dijo que ese no era su mundo. El mundo de las joyas de Red Veil era diferente del de afuera y mucho más distinto que el de él. Tenía sus propias reglas y no podía imponer las leyes de su propio universo al sistema que tenían en el burdel. Eso era un sueño, uno muy dañino por lo demás.
—Tienes que irte ahora que no hay nadie en la puerta. Aparenta cansancio con una sonrisa cuando pases cerca de los guaridas.
—Lo haré. Gracias.
Así, el vocalista atravesó rápidamente la puerta del burdel y se encaminó al bar seguramente a encontrarse con Tom. Lo que Bill nunca supo fue que le había dado un gran regalo, uno muy especial, a Kitten.
Nunca ningún cliente le había agradecido las atenciones que ella brindaba y muchas veces ni la saludaban. Y él… él se sentía con plena gratitud con el sólo hecho de haberlo sacado de allí. La diferencia era considerable, pero seguramente si Bill hubiera sabido el precio de la ayuda de Kitten, lo más seguro era que jamás le hubiera pedido amparo.
…
Recordó lo que le había dicho Kitten y actuó como si hubiera pasado una gran noche en los brazos de una de las joyas del burdel. Entre satisfacción y cansancio.
Caminó tranquilamente hacia Robert y Ashton como un cliente bien atendido y les sonrió. Era su manera de despedirse y ellos lo entendieron devolviéndole la sonrisa.
—Señor Kaulitz —llamó Robert asintiendo con su cabeza— Su hermano acaba de bajar. Lo está esperando en su auto.
—“Me las pagarás” —pensó Bill— Gracias Robert.
Perfecto. No habían sospechado nada. Podía irse tranquilamente. Caminó para irse dispuesto a tomar el ascensor, pero cuando se abrió la puerta y quiso entrar, sintió que un fuerte brazo lo hizo hacia atrás. Era Ashton. Se le heló la sangre de pensar en el significado de tan brusca llamada de atención.
—¿Qué hiciste? —preguntó Ashton.
—¿A qué te refieres?
—Para que te dejara ir.
Los labios se le secaron. No sabía mentir, aún si fuera a alguien que no significaba nada para él.
—No hueles ni a sexo ni a ella.
Era increíble cómo los guardias estaban tan acostumbrados al lugar que detectaban fácilmente cualquier anomalía. Evitó decirle otra mentira para tapar otra. Esos gorilas estaban más entrenados que perros policiales y eran más listos.
—Se lo pedí —contestó con honestidad.
—¿Es todo?
—Es todo.
Ashton miró hacia el suelo con pesar negando con la cabeza, como si acabase de ocurrir un hecho lamentable y trataba a Bill como el culpable de que hubiese ocurrido. Por supuesto que el alemán no entendió nada, pero si había hecho algo tan terrible esperaba compensarlo.
—No debiste haber hecho eso. Realmente no debiste.
Esas palabras le causaron un escalofrío a Bill y no supo explicar por qué, pero sabía que no las estaba diciendo porque sí. Tuvo un pésimo presentimiento.
—Pagaré el doble de lo que cuesta una noche con Kitten —dijo intentando aminorizar el posible daño.
—Tú no conoces las leyes de este sitio. No tiene que ver con el dinero, tiene que ver con el prestigio. Nuestra reputación de no dejar nunca un cliente sin atender. Esa reputación la han dañado severamente con esto y se ha de pagar.
Al ver que el guardia estaba dejando su tono amable para comenzar a ponerse más severo, Bill tuvo que ponerse tan duro como él. Usualmente era gentil, pero ese gorila ya se estaba pasando de la línea.
—¿Y qué vas a hacer al respecto?, ¿golpearme? —retó Bill.
—No. A ti no te pasará nada. Será ella quien pague.
Su presentimiento no le había fallado. Los ojos de Bill se agrandaron cuando se dio cuenta de lo que había hecho. Un sentimiento de incertidumbre llenó su ser y un nudo se apoderó de su garganta al intentar adivinar qué se suponía que iban a hacerle. Lo que sea que fuera debía ser grave como para que Ashton lo hubiera detenido de esa forma antes de bajar por el ascensor. Tenía que evitarlo.
—Tú no la delatarás —decretó Bill con preocupación.
Ashton levantó una ceja ante el tono entre amenazante y aprehensivo del alemán.
—No hace falta que lo haga. Todo es supervisado después de recibir un cliente. Cada sábana, cada prenda y protección es revisada. ¿Qué clase lugar crees que este?
Sólo el burdel más exclusivo y clandestino de LA, pero el cantante no tenía ni la más mínima idea de eso, ni de cómo funcionaba. Los osados mecanismos que se encontraban al interior del recinto eran un misterio hasta para los clientes más fieles.
—Ya no puedes hacer nada. Está hecho.
…
¿Quién podía salir triunfante de un burdel después de tenderle una trampa a su hermano? Sólo Tom. Jugaba con las llaves del auto como un ganador mientras buscaba el auto estacionado a pocos metros. No sabía qué había sido de Bill desde que se lo llevaron atractivas mujeres a una habitación, pero esperaba que lo hubieran tratado bien.
—Ese Bill… —se dijo Tom mientras colocaba la llave en su cerradura—Si esto no lo relaja, nada lo hará.
Cómodamente se dispuso a entrar a su audi, pero sintió varios brazos encerrándolo y también peso sobre su espalda. Miró a su alrededor y se encontró con cuatro chicas que bien conocía. Sus voces chillonas no dejaban duda alguna de su identidad.
—¡No lo suelten, chicas!
Definitivamente eran las enérgicas amigas de Bill que ahora se colgaban de sus ropas y amenazaban con botarlo al suelo. Paola y Nicole se habían lanzado a su espalda, Cata lo contenía desde adelante y Lala observaba de pié junto al escandaloso grupo. Siendo ella la presidenta, había dejado el trabajo sucio de retener al guitarrista a los demás.
—¿¡Pero qué es esto?! —preguntó Tom intentando sacudirse a las jóvenes moviendo sus extremidades.
—¡No nos moverán! —exclamó Nicole.
—¡Exigimos saber en dónde está Bill! —apoyó Lala
—¡Se han vuelto completamente locas! —exclamó el joven al ver caer sus lentes al asfalto.
De tanto forcejeo, retrocedieron todos en masa. Para no tropezar, Cata apoyó con fuerza uno de sus pies en la primera cosa que estuviera atrás de ella. Grave error, porque resultó ser el auto de Tom y apareció una fea marca en la pintura de éste debido al impacto.
—Ay… ¿lo arreglaré? —habló Cata en voz baja.
El grupo dejó en paz a Tom liberándolo de los múltiples brazos opresores y lo miraron algo temerosas de su posible reacción. Él no despegaba la vista de la estropeada pintura, pero de un momento a otro exhaló un suspiro pesado resignándose a la voluntad de sus carceleras.
—Bien, basta ya, ¿qué quieren? —interrogó con tono derrotista— Sólo no vayan a patear los espejos ahora. Así que díganme a qué vinieron y cómo me encontraron.
Para contestar la segunda pregunta, Lala alzó un celular bien conocido por Tom. Era el celular de su entrenadora personal, Makitha. El caso era que como el celular de Tom tenía GPS y estaba conectado con el de su asesora, ella podía ubicarlo cuando quisiera a través del aparato. Duda resuelta para él.
—Escuchamos a Bill por el teléfono, Tom —comenzó Paola—Estaba ebrio cuando te llamamos y ahora no está contigo. ¿En dónde está?
Odiaba que lo pusieran en aprietos y esa era una de esas ocasiones. Tom era libre incluso en una vida tan vigilada y observada como la suya y por eso que lo interrogaran no le gustaba, pero a la vez no podía huir de personas tan cercanas a Bill, quienes además eran el único grupo de amistades que tenía cerca.
—¿Tom Kaulitz? —insistió Lala con rostro intimidante.
Libre como el viento, pero hasta el viento puede verse atrapado.
—Bill está…
…
ATTE
MASATO
