Historia principal de Bill

Cuando Bill intenta huir de un burdel al que es llevado por Tom, no podrá hacerlo completamente, porque será prendado lentamente por una chica del lugar, Ornella. Su casi imposible amor será puesto a prueba por su ex novia, su maquillista y amiga de la infancia. Bill comprobará si en su sombra es posible brillar.

Historia secundaria de Georg

Georg nunca ha sido muy amigo de los paparazzi, pero eso da un giro cuando atrapa a Yunma, una joven paparazzi, fotografiándolo. La química es inmediata, pero ambos se encuentran entre su profesionalismo y sus emociones. Y la vida hace tomar decisiones.

Historia Secundaria de Tom

Tom siempre ha sido un mujeriego. Disfruta tanto con las mujeres que ni su masajista ni su entrenadora personal están excluidas de esa lista. Sin embargo, conoce a una chica que lo hará elegir entre ser el eterno don juan o el eterno enamorado

Historia secundaria de Gustav

El amor entre Gustav y una fan surge a través del internet. El destino es cruel con ellos poniéndoles obstáculos cada vez que quieren verse y eso desanima su romance. ¿Podrá sobrevivir este sentimiento a los deberes de la banda?

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jueves, 24 de febrero de 2011

Capítulo V

Mi Sombra

Capítulo V

El exceso de Bill con el alcohol había dado para que no despertara, pero algo había querido que despertara al tacto de tan fina piel de terciopelo. Sus ojos abiertos de par en par intentaban procesar lo que veían. La sorpresa lo había hecho inclinarse hacia delante de tal forma que había quedado cerca del rostro de la muchacha presente y podía escuchar la respiración que se daba en esos labios entreabiertos dirigidos hacia él.

La chica también estaba sorprendida, pues el despertar de quien estaba sobre su lecho había sido de golpe. La situación era incómoda para ambos, pero Bill recordó lo ocurrido antes de desmayarse y asumió que la chica estaba dispuesta a consentirlo de una especial manera.

—D-Debo salir de aquí —habló casi sin voz— No me gusta este lugar, no sabía qué era realmente cuando entré.

Al cantante le pareció raro que sus cuerdas vocales no le respondieran al primer intento. Era como si la chica de enigmáticos ojos le hubiera secado la garganta.

—No puedo dejar que te vayas —dijo la fémina con pesar, pues había notado el tono desesperado de Bill— Mi deber es vigilarte.

Tom no estaba por ninguna parte, al ver la habitación se dio cuenta de que no sabía exactamente en dónde estaba y él mismo no se hallaba en buen estado. Estaba por su cuenta y la única persona que tenía para poder escapar era la joven cuyo colgante la denominaba “Kitten”. Tenía que intentar convencerla.

—No me gusta estar aquí —dijo Bill.

Kitten le lanzó una mirada de evidente fastidio. Ahí Bill comprendió que había sido estúpido decir que le desagradaba el lugar cuando ella era la que vivía allí.

—Lo siento —se disculpó algo apenado.

Ella se mantuvo silenciosa mientras bajaba la mirada.

—A mí no me gusta nada de este lugar —dijo la chica llamando la atención de Bill— Si fuera por mí, te sacaría de aquí lo más pronto posible.

Al levantar nuevamente los ojos, el cantante pudo ver que estaba siendo sincera y que le dolía la garganta al hablarle de su disgusto por el lugar. Era como si con cada palabra que hablase de su intimidad, polvo de vidrio lastimara sus cuerdas vocales.

—Pero yo no decido nada aquí —continuó— Será todo esto para mí, pero yo no elijo nada. Ni siquiera pude decidir que no quería tenerte sobre mi cama, pero me forzaron.

Bill se sintió de una manera muy peculiar. Veía a la joven delante de él y la analizó. Era hermosa, gozaba de lujos y a juzgar por eso, debía ser muy codiciada. Sin embargo, recordó lo que le había dicho Tom a él mismo.

“He visto más felicidad en un funeral”

Memorando aquella frase, se dio cuenta de que lamentablemente se parecían en esa faceta. Él también tenía todo para ser feliz, o lo que la gente cree que se necesita para serlo, pero no lo era. Tal vez porque al principio había sido divertido y lo había elegido él, pero su vida había llegado a un punto en el cual pocas cosas eran de su elección.

A pesar de eso, sabía que para ella debía ser mil veces más difícil.

—Si tú sabes lo amenazante de este lugar mejor que yo… por favor ayúdame—suplicó Bill.

Al principio la vista de Kitten fue dura, pero cedió en cuanto vio que los ojos del alemán le revelaron que él no pertenecía a ese mundo. Los otros hombres que se habían negado —también por ser forzados por alguien— habían terminado cediendo muy a pesar de sus principios como caballeros, pero como decían en el burdel, todos son hombres al fin y al cabo. Bill podía ser hombre, pero sus irises le revelaban que no era de este planeta. Los principios de los mortales no debían serle familiares a alguien como él.

Muy a pesar de ella, Kitten apretó sus labios y se decidió.

—Sígueme —pidió.

En cuestión de segundos la mano de Kitten tomó la de Bill y lo puso de pié. Él no entendió el por qué de su repentina hiperventilación, pero no se atrevía a preguntar, sólo a confiar en ella porque no le quedaba alternativa.

—No me cuestiones —advirtió la chica— Sólo haz lo que yo te diga. Rápido, que no tenemos mucho tiempo.

Primero Kitten abrió sigilosamente su puerta, cuidando de que no hubiera personas en el estrecho y oscuro pasillo para salir. Ni un alma a la vista.

—Ahora

Bill por poco se tropezó cuando la chica lo llevó por los pasillos a una considerable velocidad. Él no veía casi nada, pero como ella conocía de memoria el lugar, no tenía problemas para esquivar los obstáculos tales como jarrones y esa clase de cosas.

Su constante carrera se vio detenida cuando la chica vislumbró una sombra que se aproximaba. Por supuesto, ambos tenían previsto que lo más probable era encontrarse con alguien. Entonces Kitten se giró para quedar frente a Bill y lo empujó a un rincón oscuro del pasillo.

—No hagas ruido —susurró la joven a la oreja del cantante mientras esperaban que la silueta pasara por el lugar.

Resultó ser Josmary, quien transitaba tranquilamente por el lugar mientras acomodaba entre sus ropas el dinero recientemente ganado. Kitten agradeció al cielo por haber notado su presencia antes de ser vista, porque si había una persona que quería hacerle daño y perjudicarla en todo lo que pudiera, era justamente ella.

En el tiempo que tardó en cruzar la estancia, Bill captó un agradable aroma.

—“¿Qué es esto?” —pensó inhalando el aire— “Ya no huele a canela y miel”

Tuvo que bajar la nariz un poco para captar la fuente de aquella deleitosa fragancia. Al principio dudó, pero no pasó mucho para tener la certeza de que provenía del cabello de quien lo estaba guiando a una salida. Conocía este aroma, pero ¿de dónde? Cerró sus ojos intentando hallar en su mente la respuesta y se sonrió nostálgicamente cuando la encontró.

—“Edelweiss” —descubrió. La flor de su país.

Extraño, pero cierto. Nadie, ni él mismo hubiera pensado que descubriría un nexo con su querida Alemania en una desconocida en un burdel, porque esa flor, además de tomar el color de la luna, es capaz de representar el honor, el mundo de los sueños y el Amor eterno que nunca se secará.
El reflejo perfecto de una belleza extraña y sosegada. ¿Por qué habría de oler así, ella entre todas las mujeres?

—¡Oye!

La voz de la muchacha lo hizo despertar de sus pensamientos. Todavía no habían salido del lugar. Aún estaban huyendo.

Su mano fue tomada una vez más por Kitten y salieron raudos por el lugar. La ventaja de ellos era que a esa hora la mayoría de las “joyas” de Red Veil estaban ocupadas atendiendo a clientes, así que sólo debían ser rápidos y nadie los notaría. Así lo hicieron y en unos minutos estuvieron casi en las puertas del burdel antes de entrar al bar propiamente tal.

Detrás de un alto estante, la joven se percató de que la puerta estaba despejada y se volteó a Bill.

—Hasta aquí soy capaz de llegar. Los guardias vigilan las puertas del bar —habló mirando hacia el suelo, sin ser capaz de mirar a Bill a los ojos.

—Kitten---

—Por favor, no me llames así —pidió.

—Entonces… ¿cuál es tu nombre?

En ese instante la mirada de la fémina abandonó la elegante baldosa para concentrarse en Bill. Le costó mucho decirle que no a ojos tan sinceros como los del alemán.

—Aquí adentro no existe nadie más que Kitten —sentenció con intentando apaciguar su voz triste.

Bill quiso convencerla, pero lo frenó una voz en su interior que le dijo que ese no era su mundo. El mundo de las joyas de Red Veil era diferente del de afuera y mucho más distinto que el de él. Tenía sus propias reglas y no podía imponer las leyes de su propio universo al sistema que tenían en el burdel. Eso era un sueño, uno muy dañino por lo demás.

—Tienes que irte ahora que no hay nadie en la puerta. Aparenta cansancio con una sonrisa cuando pases cerca de los guaridas.

—Lo haré. Gracias.

Así, el vocalista atravesó rápidamente la puerta del burdel y se encaminó al bar seguramente a encontrarse con Tom. Lo que Bill nunca supo fue que le había dado un gran regalo, uno muy especial, a Kitten.

Nunca ningún cliente le había agradecido las atenciones que ella brindaba y muchas veces ni la saludaban. Y él… él se sentía con plena gratitud con el sólo hecho de haberlo sacado de allí. La diferencia era considerable, pero seguramente si Bill hubiera sabido el precio de la ayuda de Kitten, lo más seguro era que jamás le hubiera pedido amparo.

Recordó lo que le había dicho Kitten y actuó como si hubiera pasado una gran noche en los brazos de una de las joyas del burdel. Entre satisfacción y cansancio.

Caminó tranquilamente hacia Robert y Ashton como un cliente bien atendido y les sonrió. Era su manera de despedirse y ellos lo entendieron devolviéndole la sonrisa.

—Señor Kaulitz —llamó Robert asintiendo con su cabeza— Su hermano acaba de bajar. Lo está esperando en su auto.

—“Me las pagarás” —pensó Bill— Gracias Robert.

Perfecto. No habían sospechado nada. Podía irse tranquilamente. Caminó para irse dispuesto a tomar el ascensor, pero cuando se abrió la puerta y quiso entrar, sintió que un fuerte brazo lo hizo hacia atrás. Era Ashton. Se le heló la sangre de pensar en el significado de tan brusca llamada de atención.

—¿Qué hiciste? —preguntó Ashton.

—¿A qué te refieres?

—Para que te dejara ir.

Los labios se le secaron. No sabía mentir, aún si fuera a alguien que no significaba nada para él.

—No hueles ni a sexo ni a ella.

Era increíble cómo los guardias estaban tan acostumbrados al lugar que detectaban fácilmente cualquier anomalía. Evitó decirle otra mentira para tapar otra. Esos gorilas estaban más entrenados que perros policiales y eran más listos.

—Se lo pedí —contestó con honestidad.

—¿Es todo?

—Es todo.

Ashton miró hacia el suelo con pesar negando con la cabeza, como si acabase de ocurrir un hecho lamentable y trataba a Bill como el culpable de que hubiese ocurrido. Por supuesto que el alemán no entendió nada, pero si había hecho algo tan terrible esperaba compensarlo.

—No debiste haber hecho eso. Realmente no debiste.

Esas palabras le causaron un escalofrío a Bill y no supo explicar por qué, pero sabía que no las estaba diciendo porque sí. Tuvo un pésimo presentimiento.

—Pagaré el doble de lo que cuesta una noche con Kitten —dijo intentando aminorizar el posible daño.

—Tú no conoces las leyes de este sitio. No tiene que ver con el dinero, tiene que ver con el prestigio. Nuestra reputación de no dejar nunca un cliente sin atender. Esa reputación la han dañado severamente con esto y se ha de pagar.

Al ver que el guardia estaba dejando su tono amable para comenzar a ponerse más severo, Bill tuvo que ponerse tan duro como él. Usualmente era gentil, pero ese gorila ya se estaba pasando de la línea.

—¿Y qué vas a hacer al respecto?, ¿golpearme? —retó Bill.

—No. A ti no te pasará nada. Será ella quien pague.

Su presentimiento no le había fallado. Los ojos de Bill se agrandaron cuando se dio cuenta de lo que había hecho. Un sentimiento de incertidumbre llenó su ser y un nudo se apoderó de su garganta al intentar adivinar qué se suponía que iban a hacerle. Lo que sea que fuera debía ser grave como para que Ashton lo hubiera detenido de esa forma antes de bajar por el ascensor. Tenía que evitarlo.

—Tú no la delatarás —decretó Bill con preocupación.

Ashton levantó una ceja ante el tono entre amenazante y aprehensivo del alemán.

—No hace falta que lo haga. Todo es supervisado después de recibir un cliente. Cada sábana, cada prenda y protección es revisada. ¿Qué clase lugar crees que este?

Sólo el burdel más exclusivo y clandestino de LA, pero el cantante no tenía ni la más mínima idea de eso, ni de cómo funcionaba. Los osados mecanismos que se encontraban al interior del recinto eran un misterio hasta para los clientes más fieles.

—Ya no puedes hacer nada. Está hecho.

¿Quién podía salir triunfante de un burdel después de tenderle una trampa a su hermano? Sólo Tom. Jugaba con las llaves del auto como un ganador mientras buscaba el auto estacionado a pocos metros. No sabía qué había sido de Bill desde que se lo llevaron atractivas mujeres a una habitación, pero esperaba que lo hubieran tratado bien.

—Ese Bill… —se dijo Tom mientras colocaba la llave en su cerradura—Si esto no lo relaja, nada lo hará.

Cómodamente se dispuso a entrar a su audi, pero sintió varios brazos encerrándolo y también peso sobre su espalda. Miró a su alrededor y se encontró con cuatro chicas que bien conocía. Sus voces chillonas no dejaban duda alguna de su identidad.

—¡No lo suelten, chicas!

Definitivamente eran las enérgicas amigas de Bill que ahora se colgaban de sus ropas y amenazaban con botarlo al suelo. Paola y Nicole se habían lanzado a su espalda, Cata lo contenía desde adelante y Lala observaba de pié junto al escandaloso grupo. Siendo ella la presidenta, había dejado el trabajo sucio de retener al guitarrista a los demás.

—¿¡Pero qué es esto?! —preguntó Tom intentando sacudirse a las jóvenes moviendo sus extremidades.

—¡No nos moverán! —exclamó Nicole.

—¡Exigimos saber en dónde está Bill! —apoyó Lala

—¡Se han vuelto completamente locas! —exclamó el joven al ver caer sus lentes al asfalto.

De tanto forcejeo, retrocedieron todos en masa. Para no tropezar, Cata apoyó con fuerza uno de sus pies en la primera cosa que estuviera atrás de ella. Grave error, porque resultó ser el auto de Tom y apareció una fea marca en la pintura de éste debido al impacto.

—Ay… ¿lo arreglaré? —habló Cata en voz baja.

El grupo dejó en paz a Tom liberándolo de los múltiples brazos opresores y lo miraron algo temerosas de su posible reacción. Él no despegaba la vista de la estropeada pintura, pero de un momento a otro exhaló un suspiro pesado resignándose a la voluntad de sus carceleras.

—Bien, basta ya, ¿qué quieren? —interrogó con tono derrotista— Sólo no vayan a patear los espejos ahora. Así que díganme a qué vinieron y cómo me encontraron.

Para contestar la segunda pregunta, Lala alzó un celular bien conocido por Tom. Era el celular de su entrenadora personal, Makitha. El caso era que como el celular de Tom tenía GPS y estaba conectado con el de su asesora, ella podía ubicarlo cuando quisiera a través del aparato. Duda resuelta para él.

—Escuchamos a Bill por el teléfono, Tom —comenzó Paola—Estaba ebrio cuando te llamamos y ahora no está contigo. ¿En dónde está?

Odiaba que lo pusieran en aprietos y esa era una de esas ocasiones. Tom era libre incluso en una vida tan vigilada y observada como la suya y por eso que lo interrogaran no le gustaba, pero a la vez no podía huir de personas tan cercanas a Bill, quienes además eran el único grupo de amistades que tenía cerca.

—¿Tom Kaulitz? —insistió Lala con rostro intimidante.

Libre como el viento, pero hasta el viento puede verse atrapado.

—Bill está…

ATTE

MASATO

miércoles, 2 de febrero de 2011

Capítulo IV

Mi Sombra

Capítulo IV

—¿Qué dicen, le llevamos Skittles a Tom también?

A esa hora de la tarde, casi de noche, una reunión se llevaba a cabo en un cómodo departamento como todos los sábados a ese horario. Eran cuatro chicas, muy queridas por Bill y bien conocidas por la banda por ser “ruidosas”. Ellas cuatro dirigían a muchas más personas, pues eran la directiva, quienes representaban al masivo grupo. Las fans amigas de Bill. La que estaba hablando era su presidenta.

—Chicas, despierten —solicitó Lala.

La verdad era que todas estaban en las nubes y por la misma razón. Lala notó aquello y con un suspiro se dejó caer a la amplia alfombra en la que todas estaban recostadas. Debido a que pasaban mucho tiempo juntas, a veces compartían los pensamientos.

—Ya, ¿quieren hablar de la última conversación que tuvimos con Bill?

—Ay, Lala, quedé tan preocupada —se lamentó Paola— Sonaba feliz, pero no sonaba a él.

—Irónicamente se oía automático —rió tristemente Cata.

—¿Saben? Eso me daría risa si no fuera porque estamos hablando de Bill —añadió Nicole.

El aire de pesimismo entre las cuatro abundaba. Tanto que para aliviar su condición, exhalaron pesadamente como si bostezaran antes de dormir.

—Ya. No nos pongamos a morir, chicas —pidió Nicole levantándose un poco para mirar a sus compañeras— Hablemos de algo interesante.

—De hombres no, por favor —habló Paola.

—Dije de algo interesante.

—Ah —entendieron en conjunto.

—Yo ya no quiero charlar. Hemos estado haciendo eso toda la tarde y ya se hizo de noche —comentó Cata con voz cansada.

Su oración hizo encender una gran idea a Lala, quien siendo la presidenta del grupo, no podía quedarse callada y con voz entusiasta les comunicó a las demás su plan.

—Oigan chicas, ¿y si salimos por ahí?

Si bien había visto muchas luces en el camino, las que Bill pudo observar cuando el auto de Tom se detuvo frente a un gran rascacielos los encandilaban. Cientos de luces disfrazaban el lugar de un casino de Las Vegas. Desde niño que le gustaban los lugares lujosos y por eso de adulto los frecuentaba. Se preguntaba qué era ese lugar que no había oído hablar de él antes.

—Subamos, hermanito —dijo Tom saliendo del audi.

—Tom, ¿qué es este lugar?

—Para saberlo, lo primero que tendremos que hacer es subir, ¿no lo crees?

Bill levantó una ceja como era su costumbre. La amable, pero falsa sonrisa de su gemelo le hacía preguntarse qué estaba tramando. Esperaba que fuera algo bueno.

Antes de llegar a su destino, tuvieron que pasar por miles de matones y guardias. El lugar estaba muy bien cuidado, dando a entender que sólo personas muy exclusivas podían entrar.

En el último piso del imponente edificio, se hallaron frente a una amplia puerta roja de una madera muy fina. Estaban como para recibir a un príncipe. A los lados de esa puerta, se encontraban dos hombres bien fornidos. Los guardias del lugar.

—Los estábamos esperando. Sean bienvenidos al bar Red Veil —saludó Robert.

—Gracias.

Dejaron sus abrigos en la custodia y al pasar a la estancia, Tom le guiñó el ojo disimuladamente a Ashton. Aquella seña daba a entender que debían poner en marcha el plan que había hecho traer al guitarrista a su hermano. Claro que Bill no notó ese intercambio de gestos.

Como dos buenos hermanos, se sentaron en la mesa que Tom había reservado. Los asientos eran muy cómodos, como si hubiesen sido hechos para la realeza del medio oriente. Así se sentía.

—¿Y bien, qué te parece? —preguntó Tom.

—Un bar, ¿eh? —inspeccionó con la mirada— Me gusta mucho, pero…

—¿Pero?

—Pero no puedo juzgar un bar sin antes haber probado sus licores.

Los dos rieron. Era ley, si hacían una pausa no podía faltar el bendito alcohol que los ayudara a divertirse.

—Entonces… que traigan el mejor whisky para mi hermano.

Así fue. Le trajeron varios tipos. De todos los países y grados. Tom podía acompañarlo bebiendo, pero tenía prohibido emborracharse, porque si lo hiciera pondría en peligro el plan que tenía preparado para él.

Para ser una de las jóvenes del lugar, Ornella tenía mucha suerte. Era la más joven de sus compañeras y gozaba de privilegios que las demás no. Tenía una habitación propia, no compartida. Esa habitación tenía una sola ventana que llegaba hasta el piso, cosa que las demás no tenían. Sólo vivían en cuartos oscuros. ¿La razón? Si bien no vendía su cuerpo como algunas de las bailarinas, sí danzaba para importantes personajes. Entre ellos, algunos le dejaban obsequios y pagaban muy bien por unos minutos de su compañía.

Así se había hecho famosa Kitten, porque Ornella era incógnita dentro de ese mundo en donde la amiga se vuelve contra la amiga por traer más pan a la mesa. A pesar de estar por encima de varias bailarinas, todavía tenía sobre ella a la única que no se había ganado el derecho de ser llamada por su nombre, Josmary.

Dentro de la habitación, reposaba Ornella sobre su cama observando la pared vacía. Nunca decoraba los muros, pues le gustaba la sensación de pureza aunque fuera en alguna faceta de su vida en el bar e incógnito burdel.

Sintió que la puerta era abierta abruptamente y giró su vista etérea hacia allá. Era su rival.

—Prepárate. Tenemos trabajo —habló hostilmente contemplando a Kitten desde arriba.

Ornella no era tonta y sabía que si Josmary, quien tanto la detestaba, la estaba acarreando a algo, era porque había sido previamente manipulada.

—No quiero ir.

—Otra vez con tu rebeldía —bufó Josmary— Entiende. Si ellos quieren que bailes, lo harás y si quieren pagar por tener algo más, también lo harás.

—Nunca me opongo a las órdenes de Ben, pero sí a las tuyas —replicó Ornella— Si trabajo será por mi cuenta, no contigo como mi jefa.

—Me temo que no tienes opción.

Lo que Josmary no entendía, era que Ornella la conocía más de lo que se imaginaba. Si bien no encontraba cómo llevarse bien con ella, sí sabía cómo negociar con ella.

—Abre el armario —habló Kitten— Toma el vestido que quieras. Podrías quedarte con el que me regaló el primer ministro. Sé lo mucho que te gusta y yo no lo pienso usar jamás.

Los ojos le brillaron a su rival, quien vigorosamente tomó la fina prenda en sus manos y se dirigió una vez más a Ornella.

—Un vestido de lujo por cubrirte. Tengo que decir que es un mal trato. Con los gemelos Kaulitz podrías hacerte un buen monto.

—Ya tienes lo que quieres. Sal de mi cuarto.

—Sólo una cosa —habló Josmary— Si te piden que hagas algo aparte de esto, no te cubriré. Será sólo en esta ocasión.

—Sabré hacerme cargo —le dijo Ornella con firmeza— No habrá problema.

—Ojalá así sea, porque no creo que quieras vértelas con Ben otra vez.

Ornella apretó los labios y Josmary sonrió con malicia. Ambas sabían lo que eso significaba. Las dos habían vivido alguna vez en carne propia el castigo de la mano derecha del dueño.

—¿Ya no estás enfadado por haberte traído aquí? —preguntó Tom a su hermano.

Bill ya estaba bastante “animado”. El licor se había impregnado en su sangre y la timidez se lanzaba por la borda. Reía y sonreía sin soltar el whisky.

—P-Por lo único que te mataré es por no haberme traído antes —rió exageradamente.

—Creo que ya te embriagaste bastante —habló Tom en voz baja.

En ese momento, Tom recibió una llamada en su celular. Sin siquiera mirar el número, contestó.

—¿Si?

—Ya sabía yo que no estabas en una conferencia.

—¿Makitha?

—La misma. Tom, ¿en dónde estás? Te necesito.

—Vaya, me agrada que seas tan directa. Te puedo visitar en cuanto termine aquí.

—No, Tom. No me refiero a eso. Te necesito aquí en tu casa.

Ahí el guitarrista dejó un poco el tono de humor para poner más atención.

—¿Ocurrió algo en nuestra casa?

—Aquí tengo a cuatro chicas que exigen ver a Bill y como me quedé a supervisar las máquinas del gimnasio vinieron a mí —explicó la entrenadora personal.

Hubo un momento en el que se escuchó que le quitaban el celular a Maka. Tom aguardó. No pasó mucho tiempo hasta que escuchó una nueva voz.

—¡Tommy!

—¿Lala? —preguntó extrañado— ¿qué hacen ahí?

—Queremos salir con Bill esta noche.

—No creo que pueda, chicas —dijo nerviosamente— Él está---

Antes de que pudiera reaccionar, Bill se acercó al celular y habló dentro de su estado. Eso no favoreció el panorama.

—¿Son las chicas? Diles que vengan ahora. Tenemos suficiente Johnnie Walker para todos y luego iremos a ver las estrellas —habló incoherentemente.

—“¿Debería considerarme muerto?” —pensó Tom.

Las fans escucharon el estado en el que se encontraba su amigo e ídolo y múltiples exclamaciones se oyeron del otro lado de la línea.

—¿¡Qué le hiciste a Bill?! —preguntaron todas.

—Er… ¿hola?, no las escucho —dijo disimuladamente.

—¡Considérate castrado, Tom Kaulitz!

Y colgó. Lo último que escuchó le puso los pelos de punta, pero no era su prioridad.

Justo cuando más la necesitaba, entró Josmary con un elegante abrigo cubriendo su cuerpo. Parecía una mujer que entraba al bar como cualquier otra, pero era sólo un disfraz. Se acercó a la mesa de los Kaulitz y les dio la bienvenida con su característica sonrisa compradora.

—¿Cómo puedo complacer a los hermanitos?

Había un grado de complicidad entre ella y Tom que delataba el secreto del lugar. Los demás clientes del lugar ni se imaginaban que el pomposo bar tenía un sector anexo prohibido para la mayoría.

—Como tú sabes hacerlo —contestó Tom— Necesito que traten bien a mi hermano. Hay que llevarlo ahora que podemos.

La joven bajó la vista y comprobó que Bill no estaba con todas sus capacidades, pues no tenía noción de lo que ocurría y no estaba segura de que los hubiera escuchado a ella y a Tom.

—¿Por qué lo llevaste a eso?

—Tuve que hacerlo. Si se diera cuenta, no aceptaría nada —explicó.

Josmary entendió su posición. Aunque no le gustara el hecho de que casi no se diera cuenta, ella sabía que tenía que cumplir con su trabajo.

—Vengan los dos.

Con ayuda de los hombros de Tom, Bill fue guiado por un oscuro pasillo cuyas únicas luces eran las barras rojas que centellaban en el techo. Estaba lo suficientemente sobrio como para darse cuenta de la tenue luminosidad del sitio. El pasillo continuaba y continuaba, hasta que llegaron una puerta que no se parecía nada a la de la entrada. No tenía vitrales ni adornos. Era una puerta hecha de la mejor madera. Hecha para guardar secretos, por lo que no tenía ni una sola apertura más que el ojo mágico.

Un olor femenino llegó a la nariz de Bill. Olía a canela y miel, como invitando a ser un huésped del interior. Por un momento se sintió hipnotizado por ese aroma y tuvo que parpadear dos veces antes de fijarse en el umbral de la puerta que decía en letras rojas y brillantes “Red Veil Jewells”.

Entraron y se reveló un mundo paralelo muy diferente al que Bill conocía. Tubos y jaulas por doquier, en donde bellas y frescas mujeres bailaban y exponían sus mayores atributos. Claro que él notaba poco de lo que ocurría y sólo se percataba de que estaba siendo depositado sobre un cómodo sofá.

—¿Tom? —llamó desorientado.

Al mirar a su lado pudo percatarse de que su hermano estaba siendo bien acompañado por dos chicas con muy poca ropa. Lentamente le bailaban casi sobre su regazo y a él no parecía molestarle en lo absoluto, era más, su cara delataba un goce sin descripción. A pesar de eso, hizo tiempo para voltear su cabeza hacia su hermano.

—Relájate, hermanito. Sólo disfruta del paisaje.

El “paisaje” se vio casi al instante, porque bastó que Bill fijara su mirada al frente para darse cuenta de que se le aproximaba compañía femenina. La mismísima Josmary lucía un diminuto atuendo que resaltaba su bronceada y tersa piel, como una diva exótica.

La figura de la bailarina simuló ser una cobra real cuando comenzó a moverse al ritmo de la música en un embriagador compás. Era guapa, pero Bill, aún estando medianamente ebrio, se dio cuenta de que en sus ojos centellaba el destello de intenciones poco puras y deshonestas. Entonces recordó que ese mismo resplandor lo había visto antes. Por supuesto, esas intenciones mal fundadas las había visto en las irises de aquellas personas que se mofaban de él y lo golpeaban al salir de la escuela. El contexto era muy diferente, pero ambas luces delataban que iban a hacer algo que él no quería.

—¡Basta!

Varias personas en la prohibida estancia se voltearon a ver a quien se había puesto de pie apartando a la atractiva morena, quien quedó con una mirada ofendida en su acicalado rostro. Entonces se sintió descubierto y mirando a Josmary decidió ser honesto. Podía ser que le fuera difícil mantenerse en pié, pero aún así era consciente.

—Disculpa. Eres muy bella, pero… no puedo.

Nadie se movió, sólo Bill, quien hizo el ademán de correr hacia la puerta, pero su estado lo hizo tropezar e impactar fuertemente contra el piso. Que un hombre alto y distinguido como él se estampara contra las baldosas, desmayado por el licor, era algo que llamaba la atención y no tardó en ser rodeado de quienes estaban allí. Cuando decidieron qué hacer con él ya no había vuelta atrás. Su destino estaba sellado.

El olor cambió nuevamente. Ya no olía a canela y miel. Las luces rojas ya no se asomaban por sus párpados. A pesar de que aún no despertaba, sabía que estaba en otro lugar. Le dolía la cabeza como los mil infiernos.

—“No quiero despertar” —se decía a sí mismo sin despertar de su sueño— “¿Para qué despertar? Cada vez que despierto siento que me duele todo un poco más”

Pensamientos pesimistas lo invadían. Gritos por todas partes, menos en sus labios. Podía estar callado y derrotado físicamente, pero todo en su interior era caos. Llegaba al extremo de no querer despertar. Prefería tener el sueño suficiente como para reposar del mundo eternamente. No quería morir, sólo dormir. ¿Por qué? Porque hasta por morir el mundo lo condenaría, pero nunca por dormir.

Entonces una voz recorrió su cabeza haciéndole recordar algo muy importante…

—Pero Bill, la luz es muy veloz —alegó— ¿qué pasará cuando te canses?

—Si es así, entonces descansaré en la sombra.

Fue ahí cuando sintió una tela deslizándose por su frente, una seda guiada por una mano. ¿Una mano?

Georg sacaba de su bolsillo una tarjeta de cierta paparazzi, Tom recogía un desconocido celular de su auto y Gustav besaba los hombros de Javiera cuando Bill se inclinó hacia adelante abriendo los ojos de par en par.

Su mirada halló unos ojos tan melancólicos como los suyos. Cosa que no creía jamás encontrar. Pudo comprobar que estaba acostado en un suave cama y que una joven más profunda que la noche lo había estado cuidando. En el níveo cuello de la chica se apreciaba un colgante muy fino que no pasó desapercibido. En él estaba grabado el nombre de “Kitten”

ATTE

MASATO

jueves, 20 de enero de 2011

Capítulo III

Mi Sombra

Capítulo III

La chica miraba a Tom cual niño que acababa de romper el florero favorito de mamá. Con esa misma ternura y deseos de ser disculpada. Asomaba sus manos por sobre los asientos para sacar tímidamente su cabeza y enfrentar al dueño del vehículo a duras penas, porque cuando lo miró a los ojos no tardó en comenzar a titubear del contacto visual. El sonrojo fue instantáneo y la joven se comenzó a preguntar si realmente se sentía avergonzada por el hecho de haber invadido su propiedad.

—Hey… —saludó Tom.

Ella se agachó un poco más como respuesta tímida a su saludo. Tom sonrió al ver que la fémina sabía que había hecho algo indebido y que tenía deseos de disculparse, pero no sabía por dónde empezar.

—¿Qué haces en mi auto? —preguntó el guitarrista pacíficamente.

—Lo siento —se disculpó apenada la chica.

—No te estoy culpando de nada —la tranquilizó Tom— Sólo quería saber por qué estás aquí.

Entonces la muchacha tensó sus labios. En su interior se desenvolvía un extraño conflicto que contraponía su nerviosismo con el encanto que le propinaba Tom. Quería hablarle, ser honesta con él en decirle cómo había llegado a aquello, pero le costaba partir. Él la ayudó.

—¿Cómo te llamas?

Tomó un profundo respiro.

—C-Constanza —balbuceó.

—¿Cómo fue que llegaste a mi auto?

—No fue mi intención quedarme tanto rato, me subí sólo por un momento.

Al ver la cara desentendida de Tom con su cabeza inclinada, supo que tendría que explicarle sin vacilaciones. Sus nervios se lo hacían más difícil y el perforado se preguntó a qué se debía aquello. Finalmente Constanza sacó su cabeza desde atrás de los asientos.

—Me estaba escondiendo —habló con delicadeza— Yo… rompí sin querer el vidrio de un banco y como los guardias me empezaron a perseguir me oculté aquí.

Tom no supo si reír de lo graciosa de la situación o de la ternura con la que ella se refirió a los hechos. Lo relataba como si hubiese cometido un gran crimen.

—¿Cómo entraste?

—Creo que no sueles cerrar las puertas traseras de tu auto, ¿o sí?

Lo había descubierto. Siempre había encontrado innecesario hacer eso, ya que nunca ocupaba los asientos de atrás. Rió el mayor de los Kaulitz y Constanza, al escuchar esa risa tan contagiosa no pude evitar reír también. Acompañaron sus expresiones durante unos segundos hasta que oyeron unas voces que venían desde atrás, en la vereda.

—¡Ahí está!

Se trataba de los guardias del banco que la habían visto dañar la propiedad. Constanza tenía que actuar rápido y se incorporó del asiento.

—¡Lo siento, tengo que irme! —gritó antes de empezar a correr.

No pude preguntarle ni decirle nada más, porque para cuando quiso hacerlo su silueta se había perdido entre los edificios y las luces de la ciudad. Esperaba que los grandulones no la hubieran encontrado, porque una chica de apariencia tan frágil sería un blanco ideal para ellos.

Encendió su auto para irse del lugar, dejando atrás el fugaz encuentro. Sí, era cierto que le hubiera gustado prolongar esa conversación, pero lo consolaba el hecho de que cuando hubiera llegado con Bill, ella ya estaría lejos de los guardias.

Lo que Tom ignoraba era que Constanza había dejado en el audi algo muy importante. Algo que los harías volver a encontrarse.

Los ojos de Georg no se desviaban de su objetivo. Aunque se tratase de un lugar íntimo, ella lo había desafiado y nunca pasaba por alto un desafío.

—Lo diré una vez más, ¡dame la memoria!

Ella negó rotundamente con el cabeza, pues debido a la determinación de Georg, se le había escapado el aire de los pulmones.

El poco oxígeno que conservaba se esfumó cuando observó que la mano de Georg y se acercaba lenta, pero irrefrenablemente a su escote. De acuerdo, ella era profesional, pero había cosas que sobrepasaban el límite. Lo que el bajista estaba a punto de hacer era, sin dudarlo, una de esas cosas.

Faltaba poco, casi nada.

—¡Ya está bien, para!

Había gritado justo a tiempo para detener a Georg. Su cara estaba sonrojada y su respiración irregular. No estaba acostumbrada a que la llevaran a esos extremos.

Con el permiso de Georg, sacó la tarjeta de memoria de entre sus pechos.

—Tú ganas —suspiró derrotada— Nadie tendrá esa foto más que tú.

Georg la observó. Ella no lo miraba, en lugar de eso se concentraba en el piso, seguramente para no dirigirle la vista por despecho.

—“¿En serio le importa tanto?” —se preguntó arqueando una ceja.

Suspiró pesadamente. No le agradaba dejar a una mujer así de infeliz, aunque fuera a costa de él. No podía entregarle la foto, claro estaba, pero eso no quería decir que no podía hacer algo compensarlo.

La paparazzi volvió a verlo al rostro cuando sintió que le fue entregado un papel en sus manos. Cuando le echó un vistazo se dio cuenta de que Georg le había entregado un cheque con una generosa suma de dinero. Realmente generosa, pues la cantidad era considerable.

—E-Esto es…

—Te he pagado más de lo que lo haría una revista por las fotos —habló Georg— pero si necesitas más para dejar de sentirte molesta puedo hacer otro cheque.

A la joven le fascinó el detalle que el mozo tuvo con ella y sin pensarlo se puso en puntillas para besar su mejilla sin timidez. Georg tuvo que parpadear un par de veces para asimilarlo, ya que para ser sincero, no estaba acostumbrado a tan repentinas demostraciones de afecto y menos de una desconocida.

Para cuando despertó de ese sueño, la joven se había girado para continuar con su camino, pero no se alejó completamente hasta que le regaló una sonrisa de agradecimiento por haber sido considerado con ella.

Georg se sintió extraño. ¿Acaso había sentido química con ella?

No le gustaba esperar. Bill se preguntaba en dónde podía estar Tom. Tenían conferencia en unos minutos y él estaba listo hace bastante rato. Como su mente nunca se detenía, ya comenzaba a pensar en qué discurso de disculpas tendría que dar por llegar tarde a la conferencia.

—“Podría matar a Tom por esto” —pensó Bill.

Cuando ya estaba perdiendo la paciencia y las fibras de su pelo amenazaban con desordenarse por el estrés, llegó Tom en su reluciente audi. La sorpresa se la llevó su gemelo al no encontrar al resto de la banda en los asientos como debía ser.

—Sube, hermanito —ordenó Tom de lo más relajado.

—Pero, ¿Gustav y Georg en dónde están?

—Que subas, estás ocasionando un embotellamiento. Sólo sube, te explicaré en el camino.

Viendo que no tenía remedio, Bill acató las órdenes de su hermano mayor, no sin sentirse un poco nervioso, porque cuando Tom hacía cosas que aparentemente no tenían explicación, en verdad si la tenían y casi nunca era algo favorable para él.

—Georg y Gustav deben estar gozando de su noche libre —informó Tom.

Aquella frase hizo que Bill se volteara hacia él con su rostro entre enfado y confusión.

—Cambié la fecha de la conferencia.

La mano de Bill viajó a su cabeza y negó con ella. Su presentimiento de que su hermano había hecho las cosas a su manera otra vez no había fallado. Suspiró y no supo si enfadarse o reír. Optó por la segunda opción.

—Ay Tom, ¿en qué cosas me metes?

—Ya me lo agradecerás. Esta noche te llevaré a divertirte. Bueno, en verdad la pasaremos bien los dos.

—“Eso suena bien, pero ¿por qué creo que no me está contando algo?” —se preguntó interiormente.

Los pasos que daba Gustav en un departamento aislado del resto de la ciudad hacían eco en el inmueble. Frente a la puerta de quien había esperado ver hacía tiempo el tiempo se hacía eterno, pero nada es para siempre. Se dispuso a golpear, pero no fue necesario. La madera se abrió frente a él casi automáticamente.

—Lo lamento si te asusté —se disculpó Javiera— pero tenía que asegurarme de que los pasos que escuchaba eran tuyos.

Gustav sonrió. A pesar de lo serio que era, ella siempre lograba sacarle todas las sonrisas que quisiera. Al verla de pies a cabeza, con su delicada apariencia, recordó cómo había sido que la había conocido.

Entraron rápidamente, porque por muy apartado que fuera el lugar, siempre se corrían riegos si pertenecías a una banda famosa.

El blondo se fijó en lo primero que vio, un notebook encendido sobre una mesa llena de libros. Era evidente que era una chica que disfrutaba de la lectura.

—Así estaba mi mesa cuando hablamos por primera vez —dijo Javiera notando el objeto de atención de su hombre— ¿lo recuerdas?

—Sí —memoró Gustav— Escribiste al correo de fans.

—Y tú me contestaste a espaldas de tu banda —recalcó colocando su cabeza sobre el hombro de Gustav.

Los aromas de ambos se combinaban y olían el aire. Temían haber olvidados sus fragancias. Tal vez si inhalaban profundamente, podrían identificar a qué se parecía la trama del olor y recordarse en momentos solitarios. Para Gustav, Javiera olía a canela, por lo que la canela siempre le recordaría a ella y la podría sentir cerca.

—¿Por qué me contestaste ese mail? —preguntó Javiera— Podría haber sido cualquier otro y quizás esta misma conversación la estarías teniendo con otra persona.

—Supongo que hay cosas que están hechas desde antes —dijo el baterista antes de tomar a Javiera delicadamente por la cintura y juntar su nariz con la de ella.

—Me haces cosquillas —sonrió entrecerrando sus ojos.

Por un lado, Gustav agradecía que no pudieran verse muy seguido, porque así podía protegerla de todo el inmundo universo de la prensa. Era cosa de escuchar su sutil risa para darse cuenta de la carencia de corrupción de su ser y que el mundo de él la dañaría gravemente. Agradecía en ese sentido poder mantener ambos mundos lejanos uno del otro.

—Estás muy pensativo —habló Javiera.

—Ignórame.

Le sorprendía una y otra vez que ella pudiera leerlo de esa manera aunque su semblante se mantuviera duro. Acarició su pelo en señal de afecto a lo que ella respondió acercándose más a él. Era un remolino de afecto, en el que empiezas de lo más distante a lo más cercano. Fue así como entre mutuos mimos juntaron sus labios por primera vez esa noche. Aún quedaba mucho tiempo libre para que lo disfrutaran los dos.

El bar “Red Veil” o “Velo rojo” era conocido por sus cinco estrellas. Sólo gente de alta alcurnia llegaba ahí, desde músicos famosos hasta ministros y presidentes. Los mejores licores abundaban y la música también. En donde los ricos y poderosos podían gozar de una noche en total confidencialidad. Ni los paparazis podían entrar. Así de exclusivo era.

—Ya nos encargamos del buscapleitos.

—Lo pensará dos veces antes de intentar entrar.

Aquellos eran los guardias del lugar: Robert y Ashton. Podían ser simples universitarios de día y profesionales de noche, pero eso no los hacía peores en su trabajo. Eran los típicos ex matones que se habían reivindicado trabajando en algo aceptado por la sociedad.

—Perfecto, porque tenemos invitados estelares esta noche.

El último era Ben, que teóricamente podía ser el barman, pero era mucho más que eso. Sabía todo de todos en el bar sinedo la mano derecha del duelo que nunca estaba, así que se podía decir que era el segundo al mando.

—Avísale a Josmary que vienen los gemelos Kaulitz a hacernos compañía —ordenó Ben a Ashton.

Obedientemente, Ashton se dirigió a la parte de atrás del bar, a aquella parte de la cual pocos tenían conociemiento, ya que era un privilegio dentor de un lugar exclusivo y no era un sitio honorable.

Entró al lugar, en donde varias jóvenes en trapos menores servían a los clientes con su compañía y con sus bailes. Fijó su mirada en una de ellas, la principal, Josmary, quien bailaba en el tubo frente a los adinerados y poderosos hombres. Ese era el secreto del bar que era mucho más que un lujoso bar, sino que también era un clandestino burdel, uno muy secreto, pero valioso.

Se acercó y le hizo señas para que se desocupara un momento. El mensaje debía ser enviado.

—No sueles interrumpirme cuando hago mis rutinas —habló Josmary colocándose una bata— Dime qué quieres.

—Tenemos compañía importante esta noche —informó Ashton susurrándole al oído— Ben quiere que les tengas algo bueno a los Kaulitz.

—Ah, así que los gemelos Kaulitz —pensó en voz alta la morena— De acuerdo, todo estará listo.

Antes de que la chica se retirara para volver a su trabajo, Ashton la tomó del brazo. No había terminado.

—No es todo, ¿verdad?

—No. Como son dos, Ben quiere que prepares a Kitten.

El rostro de Josmary se llenó de un gran disgusto al escuchar ese nombre.

—¿Por qué tengo que compartir el escenario con ella? —preguntó molesta— No está a mi nivel, ni siquiera le alcanza para besar el suelo que piso.

—Porque si lo haces bien, el jefe estará más que complacido y… podría pagarte otro de tus lujosos vestidos.

Josmary maldijo a Ashton por conocer lo que ella quería. Siempre le había gustado la buena ropa y joyas, toda clase de lujos para embellecerla aún más y si tenía que aguantar a la chica que más detestaba en el lugar para conseguirlo, lo haría.

—Lo haré —dijo finalmente— ¡Ay, cómo odio ese estúpido apodo que tú y Robert le pusieron!

Kitten era el apodo de la chica. Hacía poco que había llegado al lugar, pero lo odiaba en secreto. Intentaba bloquear ese sentimiento de ira de todas las maneras posibles, porque sabía que no podía marcharse y si se enfocaba en la rabia que sentía al bar, entonces sólo se lastimaría aún más.

Se preguntaba por qué les daban apodos a las demás chicas. ¿Sería acaso para que se sintieran menos humanas y sintieran menos? A pesar de que sabía que eso podía protegerlas, no lo quería, porque se sentía mal, porque no se suponía que las cosas debieran ser así. Josmary se había salvado de los apodos, porque se lo había ganado, pero ella era nueva como las mariposas.

En la oscuridad de su habitación escuchaba el eco casi inaudible de su nombre. Su verdadero nombre, por el cual nadie la llamaba: Ornella.

ATTE

MASATO

domingo, 16 de enero de 2011

Capítulo II

Mi Sombra

Capítulo II

Faltaban treinta minutos para la conferencia que darían esa noche sobre el nuevo disco. El aire olía a cosméticos y a vestuario recientemente renovado. Bill ya estaba vestido y sólo faltaban unos retoques para el maquillaje. Leo, su joven y comprensiva maquillista, intentaba por todos los medios darle una imagen fresca y resplandeciente, pero Bill lo hacía difícil con su triste semblante.

—A ver, mírame —ordenó la chica levantando el mentón de Bill para inspeccionarlo— Mucha sombra, me parece.

—Tú eres la que me está arreglando —acotó el joven.

—No estoy hablando del maquillaje, estoy hablando de ti.

Él suspiró. Había perdido la cuenta de cuántas personas le habían hecho comentarios así. Era cierto, su rostro estaba tan sombrío que opacaba los cosméticos que tan cuidadosamente habían sido aplicados en su rostro, pero ¿qué podía hacer? El estilo de vida que llevaba iba a mil por hora y no podía detenerse, porque ¿qué ocurre con aquello que va a altas velocidades y frena de repente? Se estrella contra la pared destrozándose por completo.

—¿Sabes Bill? —habló Leo— A pesar de que te adoro como persona, te odio como cliente. Es tan difícil trabajar contigo.

—Deberías cambiar de cliente, entonces —bromeó sin ganas.

A pesar de la falta de autenticidad en la broma, hizo sonreír por unos instantes a su maquillista.

—Es que ninguno me hace reír como tú, pero tengo que admitir que tengo curiosidad por saber qué te ocurre.

—“¿Qué quieres que te diga, Leo? Estoy comenzando a cansarme de todo, hasta de vivir. Sí, claro” —pensó Bill mirándola directamente a los ojos— “Tú no tienes la culpa de lo que me está pasando, no haré que lo pagues también. Es mejor que este problema se quede conmigo”

Leo sintió la intensa mirada de Bill sobre ella y no pudo evitar mirarlo también. Su semblante ya no se encontraba tan sombría, porque estaba mezclado con ternura y hasta compasión. Secretamente, Leo amaba esa mirada que era un arma de doble filo para ella. La hacía sentir exquisitamente mal por los ocultos sentimientos que guardaba dentro de sí.

—Bill, mira hacia arriba —pidió la chica.

Él acató de inmediato su orden. Se sentía extraño con la conducta de Leo, porque no era la primera vez que le pedía indirectamente que no la mirase a los ojos, pero ella era la profesional y también su amiga, por lo que no dudaría de ella.

—Estás listo, quedaste guapo. No te sacarán los ojos de encima en la conferencia.

Bill se miró al espejo y vio con ironía cómo el maquillaje había cambiado su función. Para él ya no era para resaltar sus perfectas facciones, sino que ahora era un disfraz, un escondite. El capullo que utilizaba para esquivar las interrogantes de la prensa y de sus seres queridos.

—Gracias, Leo.

No era el único que se estaba preparando para la conferencia. Antes de salir a maquillarse con Leo, la banda había acordado todo lo que iban a hacer antes de ir. Tom dijo que quería relajarse con su masajista preferida, María José y los G’s, que eran más sencillos, sólo quisieron descansar en la comodidad de la lujosa casa. Después de eso, saldrían los tres juntos de la casa, pasarían por Bill y llegarían a su destino. Sencillo plan y cómodo plan que nunca se realizó.

Georg fue el primero en estar preparado y se paseaba cerca de la puerta esperando a los demás. No tardó en bajar Gustav, que tenía algo diferente que no pasó desapercibido por su compañero, algo que hizo que el bajista se levantara por un momento las gafas oscuras.

—Gustav, ¿te arreglaste?

El baterista no le contestó, porque la verdad no hacía falta. Bastaba con dar un vistazo para darse cuenta de que se hallaba afeitado y perfumado, su pelo lo había peinado y se había quitado la cómoda gorra. Sin mencionar que su ropa se había elegido con cuidado.

—No preguntes —se adelantó Gustav ante la mirada de Georg.

—Te ves bien.

Los ojos de Georg se desviaron a la mano de Gustav, que no estaba descoupada, pues sostenía con ahínco su teléfono móvil.

—¿Algún día me dirás---

No terminó de decir su frase, porque la mirada hostil que le fue brindada por su compañero lo calló de una vez.

—Eso pensé —suspiró Georg resignado.

Un ruido proveniente del mismo lugar hizo que los G’s desviaran su mirada hacia una esquina de la entrada. Se trataba de Beel, la mucama, quien había chocado contra uno de los jarrones que habían comprado en Italia, pero que por fortuna había alcanzado a salvar.

—¡Lo siento! —exclamó la fémina— Es sólo que… hoy luce diferente, jefe.

Gustav bajó la mirada avergonzado. No sabía que una leve mayor preocupación por su imagen diera tanto que hablar. Gruñó sutilmente, pero así y todo fue escuchado por los dos presentes.

—No lo tomes en cuenta —le susurró Georg a Beel— Cuando sabe que iremos con la prensa se pone de mal humor.

Ella rió de una manera coqueta y le sonrió para susurrarle también.

—Yo creía que así estaba siempre —habló Beel.

Ambos rieron sin disimular frente a Gustav y éste lo único que pudo hacer fue inclinar su cabeza en señal de desentendimiento.

—Por cierto —continuó la chica— La limusina está lista esperando afuera. Venía para avisarles.

—Perfecto, vámonos —se apresuró Gustav.

Algo, o más bien dicho, alguien faltaba en la imagen.

—Momento —lo detuvo el bajista— ¿en dónde está Tom?

Repetidos besos se escuchaban en la habitación en donde se suponía que no debía haber ninguno, pero se había quebrantado la regla. La camilla de masajes debía ser para que la ocupara una sola persona, pero la estaban ocupando dos. La masajista debía estar haciéndole masajes a su cliente, no estar debajo de su cliente, ni mucho menos tener ese grade de acercamiento con él. Lo sabían.

—Tom… —suspiraba María José ante los besos que el guitarrista le propinaba en su cuello— Debemos parar. Tú tienes una conferencia.

—Eso no te impidió llegar a mis brazos, ¿o sí? —preguntó el muchacho con ironía.

—Si no vas ahora, vendrán por ti —continuó argumentando la moza.

—Entonces aún tenemos tiempo —se convenció Tom dejando que su mano se deslizara por las piernas de su masajista.

La imagen que se presenciaba daba para pensar que las mutuas atenciones que se estaban dando iban a prologarse e intensificarse, pero como María José había dicho, tenía compromisos en su agenda.

—¡Tom, sal luego o llegaremos tarde! —se escuchó afuera del cuarto.

Unos golpes insistentes provenientes de los G’s hicieron levantar la vista de María José hacia la puerta, pero a Tom poco y nada le importaba. Seguía haciendo de las suyas.

—Los chicos---

—No les importará esperar cinco o diez minutos más —aseguró.

—¡Claro que sí, tienen conferencia!

—No habrá ninguna conferencia —dijo Tom casi exasperado.

María José dudaba que fuera una broma, porque conocía a la perfección los mil y un gestos de Tom.

—De todo modos tengo otro compromiso —continuó el joven levantándose de la camilla para ponerse su camiseta— Tú ganas, pero esta me la debes.

La masajista se apresuró para ponerse de pie y arreglar su alborotado cabello, pues no quería que sospecharan de ella. Una vez que se acicaló lo más que pudo en el limitado tiempo que tenía, abrió la puerta. Sorprendentemente, los chicos ya se habían ido.

—Lo más probable es que se hayan cansado de insistir, pero descuida. Sé cómo tratarlos —comentó Tom saliendo del cuarto.

María José se quedó bajo el umbral de la puerta de su sitio de trabajo viendo cómo el mujeriego guitarrista bajaba las escaleras para seguir a sus compañeros. Antes de bajar completamente, el mayor de los Kaulitz se volteó con sus ojos iluminados y su piercing dando vueltas gracias a su lengua. Ella se sintió gratamente invadida.

—Por cierto, mañana quiero otra sesión y sin interrupciones. Tú y yo tenemos un asunto pendiente.

Con eso dejó a María José sonrojada y preguntándose nuevamente cuándo había decidido jugar con Tom a la amiga con ventaja.

La limusina aguardaba afuera de la lujosa mansión desde hace un rato a tres de los integrantes de la banda, pero Georg y Gustav iban con calma, pues aún Tom no se hacía presente y entorpecía su puntualidad. Como siempre, aprovechaban de conversar entre ellos antes de subir a la limusina, porque sabían que después, todo lo que dijeran sería grabado.

—Escuché que la ex de Bill estaría en la conferencia —comentó Gustav.

—¿Cindy? —preguntó Georg.

—La misma. Al parecer hará una sesión de fotos. Desde que trabaja de modelo está haciendo la mayor cantidad de trabajos posibles.

—Que Maye no se entere —deseó Georg— Muy amiga de Bill será, pero nunca le gustó que Cindy estuviera cerca de él.

—Sí, recuerdo cuando Maye se enojó con Bill por hacerse novio de ella. Estuvieron sin hablarse durante meses.

Entre los recuerdo, saltó Tom entre medio de ellos dos con una amplia sonrisa, como si no les hubiera causado ningún retraso, pero los G’s no lo acompañaron en su simpatía sobreactuada.

—¡Oh, por favor! No me miren como si no lo hubiera hecho antes.

—Ese es el problema, lo haces siempre —sostuvo Gustav.

—Relájense. No habrá conferencia —informó.

Tanto Gustav como Georg miraron a Tom interrogantes. Ningún gesto en su rostro delató que se tratase de una broma. Estaba en lo cierto.

—¿Cancelaste---

—No cancelé nada, no se preocupen —tranquilizó— Sólo moví la fecha.

Con una expresión de triunfo, Tom pescó a sus compañeros por los hombros y les brindó una alegre expresión.

—Así que, como lo veo yo, tenemos la noche totalmente libre.

Tuvieron que pasar un par de segundos antes de asimilar que por primera vez en mucho tiempo tenían una noche libre. ¿Cómo la pasarían? Fuera como fuera, podrían sentirse unos perros sueltos, como el nombre de su canción.

En medio de sus sueños estando despiertos, apareció Beel trayendo consigo dos gafas oscuras.

—Llegaron los lentes, están renovados tal y como los pidieron —anunció alzando las prendas.

—Gracias Beel —pronunciaron los músicos tomando los lentes, menos Gustav, quien llevaba sus lentes ópticos.

—Por cierto, ¿podrías decirle al de la limusina que ya no lo necesitamos? —solicitó Tom— Hoy iremos cada uno por nuestro lado.

Obedientemente, Beel se dispuso a avisarle al chofer que no necesitarían de sus servicios esa noche, pero un ligero error al girar hizo que sus pies se enredaran y tropezara y amenazaran con hacerla caer al piso, pero Georg fue más listo y la afirmó para que no cayera.

El problema fue de dónde la sujetó. La única manera que vio Georg de evitar que Beel cayera al suelo había sido afirmarla de su falda. En ese momento, un gran flash encandiló a los presentes.

—¿Qué ra---

Al voltear los ojos, se encontraron con que una disimulada paparazzi había sacado una foto a ese breve momento.

Georg no era tonto y sabía que ese ángulo no le favorecía. Obviamente la foto se había visto extraña, ya que una persona ajena a la situación, pensaría que le había levantado la falda a la mucama. La paparazzi que le había tomado la foto se había girado velozmente para escapar. Tenía dos segundos para pensar. Resignarse o perseguirla.

—¡Oye, tú!

Ahí fue cuando comenzó la carrera entre Georg y la paparazzi, quienes desaparecieron cuando voltearon en la esquina. De seguro continuarían con su disputa allí.

—Bueno, Gus. Yo tengo mi auto afuera, así que si fuera tú encontraría algo que hacer —sugirió.

—¿Bill sabe de esto?

—Lo sabrá. Ahora mismo iré a buscarlo. Tenemos… cosas que hacer.

Gustav no tenía idea a lo que se refería, pero tenía la noche libre. Un privilegio que no solían tener y ya no se acordaba de la última vez que parrandearon como amigos, pero no importaba, tenía que disfrutar y sabía exactamente cómo y con quién iba a compartir esa velada nocturna.

—“Allá voy” —escribió en su celular.

Dejando a los chicos de lado, los músculos de Georg actuaron para perseguir a la chica quien era bastante rápida y saltaba cada obstáculo a su paso.

—¡Dame esa cámara! —exclamaba, pero no recibía respuesta— ¡Ya, hazlo!

La muchacha aumentaba aún más la velocidad, pero él no permitiría que se escapara con una foto que simulaba ser comprometedora y finalmente lo sería si llegaba a ser publicada. Tenía que tomar medidas más drásticas.

Antes de que la paparazzi se escapara, usó gran cantidad de sus fuerzas y de un brinco le atajó los pies, cosa que hizo que la chica se tropezara y la máquina cayera al suelo. Debido al impacto, se le salió la batería y la tarjeta de memoria.

—¡Es mía! —exclamó la fémina intentando alcanzar la tarjeta de memoria con sus brazos.

—¡Ni lo pienses! —acompañó Georg.

Parecía una especie de lucha libre, pues al principio la tenía la astuta paparazzi, luego Georg y así sucesivamente, todo por la continua batalla entre manos resbaladizas y casi empujones que se daban. Como se estaban quedando sin fuerzas, hubo un momento en que Georg le dio tiempo suficiente para que la profesional tomara la tarjeta y la metiera dentro de su escote. Georg se puso rojo de la impotencia.

—¡¿Qué?!

La joven le sacó la lengua en señal de triunfo y se dispuso a ponerse de pie, pero en un momento dado, el bajista la tomó por los hombros y la puso acostada en el suelo con él mirando desde arriba, hincado junto a ella. La miró desafiantemente, nadie le hacía trampas de ese tipo a Georg Listing.

—¿Crees que no la sacaría?

La chica se puso azul.

—No te atreverías…

—¿Ah, no?

—“Bill me matará” —pensaba Tom mientras sacaba las llaves de su auto— “Pero me volverá a amar cuando lo haga pasar un buen rato en el bar. Tom, eres un genio”

Se alababa a sí mismo una y otra vez mientras encendía el motor y arrancó a buscar a Bill. Su vehículo se lo había regalado su hermano mismo para navidad, otro audi para su colección. Esta vez era uno convertible.

En un punto del camino, Tom notó que una sombra se vislumbraba en su espejo retrovisor y cuando miró más detalladamente el vidrio pulido se encontró con la figura de una persona.

—¡Mierda! —gritó de susto.

La sorpresa hizo que se resbalara el auto y que casi chocara con otros dos vehículos. Por suerte logró enderezarse y se detuvo a un costado del camino, no sin antes dejar una negra huella de su repentina frenada.

Respiró agitadamente, intentando recobrar su ritmo cardíaco normal y giró para ver al intruso a la cara.

—Lo siento —dijo el sorpresivo huésped.

Para su impresión, el polisón que se había hospedado en los asientos traseros de su auto era una chica. Una joven que por alguna extraña razón se hallaba en su auto y ahora se miraba con su dueño de manera interrogante.

ATTE

MASATO