Historia principal de Bill

Cuando Bill intenta huir de un burdel al que es llevado por Tom, no podrá hacerlo completamente, porque será prendado lentamente por una chica del lugar, Ornella. Su casi imposible amor será puesto a prueba por su ex novia, su maquillista y amiga de la infancia. Bill comprobará si en su sombra es posible brillar.

Historia secundaria de Georg

Georg nunca ha sido muy amigo de los paparazzi, pero eso da un giro cuando atrapa a Yunma, una joven paparazzi, fotografiándolo. La química es inmediata, pero ambos se encuentran entre su profesionalismo y sus emociones. Y la vida hace tomar decisiones.

Historia Secundaria de Tom

Tom siempre ha sido un mujeriego. Disfruta tanto con las mujeres que ni su masajista ni su entrenadora personal están excluidas de esa lista. Sin embargo, conoce a una chica que lo hará elegir entre ser el eterno don juan o el eterno enamorado

Historia secundaria de Gustav

El amor entre Gustav y una fan surge a través del internet. El destino es cruel con ellos poniéndoles obstáculos cada vez que quieren verse y eso desanima su romance. ¿Podrá sobrevivir este sentimiento a los deberes de la banda?

Prev Next

jueves, 20 de enero de 2011

Capítulo III

Mi Sombra

Capítulo III

La chica miraba a Tom cual niño que acababa de romper el florero favorito de mamá. Con esa misma ternura y deseos de ser disculpada. Asomaba sus manos por sobre los asientos para sacar tímidamente su cabeza y enfrentar al dueño del vehículo a duras penas, porque cuando lo miró a los ojos no tardó en comenzar a titubear del contacto visual. El sonrojo fue instantáneo y la joven se comenzó a preguntar si realmente se sentía avergonzada por el hecho de haber invadido su propiedad.

—Hey… —saludó Tom.

Ella se agachó un poco más como respuesta tímida a su saludo. Tom sonrió al ver que la fémina sabía que había hecho algo indebido y que tenía deseos de disculparse, pero no sabía por dónde empezar.

—¿Qué haces en mi auto? —preguntó el guitarrista pacíficamente.

—Lo siento —se disculpó apenada la chica.

—No te estoy culpando de nada —la tranquilizó Tom— Sólo quería saber por qué estás aquí.

Entonces la muchacha tensó sus labios. En su interior se desenvolvía un extraño conflicto que contraponía su nerviosismo con el encanto que le propinaba Tom. Quería hablarle, ser honesta con él en decirle cómo había llegado a aquello, pero le costaba partir. Él la ayudó.

—¿Cómo te llamas?

Tomó un profundo respiro.

—C-Constanza —balbuceó.

—¿Cómo fue que llegaste a mi auto?

—No fue mi intención quedarme tanto rato, me subí sólo por un momento.

Al ver la cara desentendida de Tom con su cabeza inclinada, supo que tendría que explicarle sin vacilaciones. Sus nervios se lo hacían más difícil y el perforado se preguntó a qué se debía aquello. Finalmente Constanza sacó su cabeza desde atrás de los asientos.

—Me estaba escondiendo —habló con delicadeza— Yo… rompí sin querer el vidrio de un banco y como los guardias me empezaron a perseguir me oculté aquí.

Tom no supo si reír de lo graciosa de la situación o de la ternura con la que ella se refirió a los hechos. Lo relataba como si hubiese cometido un gran crimen.

—¿Cómo entraste?

—Creo que no sueles cerrar las puertas traseras de tu auto, ¿o sí?

Lo había descubierto. Siempre había encontrado innecesario hacer eso, ya que nunca ocupaba los asientos de atrás. Rió el mayor de los Kaulitz y Constanza, al escuchar esa risa tan contagiosa no pude evitar reír también. Acompañaron sus expresiones durante unos segundos hasta que oyeron unas voces que venían desde atrás, en la vereda.

—¡Ahí está!

Se trataba de los guardias del banco que la habían visto dañar la propiedad. Constanza tenía que actuar rápido y se incorporó del asiento.

—¡Lo siento, tengo que irme! —gritó antes de empezar a correr.

No pude preguntarle ni decirle nada más, porque para cuando quiso hacerlo su silueta se había perdido entre los edificios y las luces de la ciudad. Esperaba que los grandulones no la hubieran encontrado, porque una chica de apariencia tan frágil sería un blanco ideal para ellos.

Encendió su auto para irse del lugar, dejando atrás el fugaz encuentro. Sí, era cierto que le hubiera gustado prolongar esa conversación, pero lo consolaba el hecho de que cuando hubiera llegado con Bill, ella ya estaría lejos de los guardias.

Lo que Tom ignoraba era que Constanza había dejado en el audi algo muy importante. Algo que los harías volver a encontrarse.

Los ojos de Georg no se desviaban de su objetivo. Aunque se tratase de un lugar íntimo, ella lo había desafiado y nunca pasaba por alto un desafío.

—Lo diré una vez más, ¡dame la memoria!

Ella negó rotundamente con el cabeza, pues debido a la determinación de Georg, se le había escapado el aire de los pulmones.

El poco oxígeno que conservaba se esfumó cuando observó que la mano de Georg y se acercaba lenta, pero irrefrenablemente a su escote. De acuerdo, ella era profesional, pero había cosas que sobrepasaban el límite. Lo que el bajista estaba a punto de hacer era, sin dudarlo, una de esas cosas.

Faltaba poco, casi nada.

—¡Ya está bien, para!

Había gritado justo a tiempo para detener a Georg. Su cara estaba sonrojada y su respiración irregular. No estaba acostumbrada a que la llevaran a esos extremos.

Con el permiso de Georg, sacó la tarjeta de memoria de entre sus pechos.

—Tú ganas —suspiró derrotada— Nadie tendrá esa foto más que tú.

Georg la observó. Ella no lo miraba, en lugar de eso se concentraba en el piso, seguramente para no dirigirle la vista por despecho.

—“¿En serio le importa tanto?” —se preguntó arqueando una ceja.

Suspiró pesadamente. No le agradaba dejar a una mujer así de infeliz, aunque fuera a costa de él. No podía entregarle la foto, claro estaba, pero eso no quería decir que no podía hacer algo compensarlo.

La paparazzi volvió a verlo al rostro cuando sintió que le fue entregado un papel en sus manos. Cuando le echó un vistazo se dio cuenta de que Georg le había entregado un cheque con una generosa suma de dinero. Realmente generosa, pues la cantidad era considerable.

—E-Esto es…

—Te he pagado más de lo que lo haría una revista por las fotos —habló Georg— pero si necesitas más para dejar de sentirte molesta puedo hacer otro cheque.

A la joven le fascinó el detalle que el mozo tuvo con ella y sin pensarlo se puso en puntillas para besar su mejilla sin timidez. Georg tuvo que parpadear un par de veces para asimilarlo, ya que para ser sincero, no estaba acostumbrado a tan repentinas demostraciones de afecto y menos de una desconocida.

Para cuando despertó de ese sueño, la joven se había girado para continuar con su camino, pero no se alejó completamente hasta que le regaló una sonrisa de agradecimiento por haber sido considerado con ella.

Georg se sintió extraño. ¿Acaso había sentido química con ella?

No le gustaba esperar. Bill se preguntaba en dónde podía estar Tom. Tenían conferencia en unos minutos y él estaba listo hace bastante rato. Como su mente nunca se detenía, ya comenzaba a pensar en qué discurso de disculpas tendría que dar por llegar tarde a la conferencia.

—“Podría matar a Tom por esto” —pensó Bill.

Cuando ya estaba perdiendo la paciencia y las fibras de su pelo amenazaban con desordenarse por el estrés, llegó Tom en su reluciente audi. La sorpresa se la llevó su gemelo al no encontrar al resto de la banda en los asientos como debía ser.

—Sube, hermanito —ordenó Tom de lo más relajado.

—Pero, ¿Gustav y Georg en dónde están?

—Que subas, estás ocasionando un embotellamiento. Sólo sube, te explicaré en el camino.

Viendo que no tenía remedio, Bill acató las órdenes de su hermano mayor, no sin sentirse un poco nervioso, porque cuando Tom hacía cosas que aparentemente no tenían explicación, en verdad si la tenían y casi nunca era algo favorable para él.

—Georg y Gustav deben estar gozando de su noche libre —informó Tom.

Aquella frase hizo que Bill se volteara hacia él con su rostro entre enfado y confusión.

—Cambié la fecha de la conferencia.

La mano de Bill viajó a su cabeza y negó con ella. Su presentimiento de que su hermano había hecho las cosas a su manera otra vez no había fallado. Suspiró y no supo si enfadarse o reír. Optó por la segunda opción.

—Ay Tom, ¿en qué cosas me metes?

—Ya me lo agradecerás. Esta noche te llevaré a divertirte. Bueno, en verdad la pasaremos bien los dos.

—“Eso suena bien, pero ¿por qué creo que no me está contando algo?” —se preguntó interiormente.

Los pasos que daba Gustav en un departamento aislado del resto de la ciudad hacían eco en el inmueble. Frente a la puerta de quien había esperado ver hacía tiempo el tiempo se hacía eterno, pero nada es para siempre. Se dispuso a golpear, pero no fue necesario. La madera se abrió frente a él casi automáticamente.

—Lo lamento si te asusté —se disculpó Javiera— pero tenía que asegurarme de que los pasos que escuchaba eran tuyos.

Gustav sonrió. A pesar de lo serio que era, ella siempre lograba sacarle todas las sonrisas que quisiera. Al verla de pies a cabeza, con su delicada apariencia, recordó cómo había sido que la había conocido.

Entraron rápidamente, porque por muy apartado que fuera el lugar, siempre se corrían riegos si pertenecías a una banda famosa.

El blondo se fijó en lo primero que vio, un notebook encendido sobre una mesa llena de libros. Era evidente que era una chica que disfrutaba de la lectura.

—Así estaba mi mesa cuando hablamos por primera vez —dijo Javiera notando el objeto de atención de su hombre— ¿lo recuerdas?

—Sí —memoró Gustav— Escribiste al correo de fans.

—Y tú me contestaste a espaldas de tu banda —recalcó colocando su cabeza sobre el hombro de Gustav.

Los aromas de ambos se combinaban y olían el aire. Temían haber olvidados sus fragancias. Tal vez si inhalaban profundamente, podrían identificar a qué se parecía la trama del olor y recordarse en momentos solitarios. Para Gustav, Javiera olía a canela, por lo que la canela siempre le recordaría a ella y la podría sentir cerca.

—¿Por qué me contestaste ese mail? —preguntó Javiera— Podría haber sido cualquier otro y quizás esta misma conversación la estarías teniendo con otra persona.

—Supongo que hay cosas que están hechas desde antes —dijo el baterista antes de tomar a Javiera delicadamente por la cintura y juntar su nariz con la de ella.

—Me haces cosquillas —sonrió entrecerrando sus ojos.

Por un lado, Gustav agradecía que no pudieran verse muy seguido, porque así podía protegerla de todo el inmundo universo de la prensa. Era cosa de escuchar su sutil risa para darse cuenta de la carencia de corrupción de su ser y que el mundo de él la dañaría gravemente. Agradecía en ese sentido poder mantener ambos mundos lejanos uno del otro.

—Estás muy pensativo —habló Javiera.

—Ignórame.

Le sorprendía una y otra vez que ella pudiera leerlo de esa manera aunque su semblante se mantuviera duro. Acarició su pelo en señal de afecto a lo que ella respondió acercándose más a él. Era un remolino de afecto, en el que empiezas de lo más distante a lo más cercano. Fue así como entre mutuos mimos juntaron sus labios por primera vez esa noche. Aún quedaba mucho tiempo libre para que lo disfrutaran los dos.

El bar “Red Veil” o “Velo rojo” era conocido por sus cinco estrellas. Sólo gente de alta alcurnia llegaba ahí, desde músicos famosos hasta ministros y presidentes. Los mejores licores abundaban y la música también. En donde los ricos y poderosos podían gozar de una noche en total confidencialidad. Ni los paparazis podían entrar. Así de exclusivo era.

—Ya nos encargamos del buscapleitos.

—Lo pensará dos veces antes de intentar entrar.

Aquellos eran los guardias del lugar: Robert y Ashton. Podían ser simples universitarios de día y profesionales de noche, pero eso no los hacía peores en su trabajo. Eran los típicos ex matones que se habían reivindicado trabajando en algo aceptado por la sociedad.

—Perfecto, porque tenemos invitados estelares esta noche.

El último era Ben, que teóricamente podía ser el barman, pero era mucho más que eso. Sabía todo de todos en el bar sinedo la mano derecha del duelo que nunca estaba, así que se podía decir que era el segundo al mando.

—Avísale a Josmary que vienen los gemelos Kaulitz a hacernos compañía —ordenó Ben a Ashton.

Obedientemente, Ashton se dirigió a la parte de atrás del bar, a aquella parte de la cual pocos tenían conociemiento, ya que era un privilegio dentor de un lugar exclusivo y no era un sitio honorable.

Entró al lugar, en donde varias jóvenes en trapos menores servían a los clientes con su compañía y con sus bailes. Fijó su mirada en una de ellas, la principal, Josmary, quien bailaba en el tubo frente a los adinerados y poderosos hombres. Ese era el secreto del bar que era mucho más que un lujoso bar, sino que también era un clandestino burdel, uno muy secreto, pero valioso.

Se acercó y le hizo señas para que se desocupara un momento. El mensaje debía ser enviado.

—No sueles interrumpirme cuando hago mis rutinas —habló Josmary colocándose una bata— Dime qué quieres.

—Tenemos compañía importante esta noche —informó Ashton susurrándole al oído— Ben quiere que les tengas algo bueno a los Kaulitz.

—Ah, así que los gemelos Kaulitz —pensó en voz alta la morena— De acuerdo, todo estará listo.

Antes de que la chica se retirara para volver a su trabajo, Ashton la tomó del brazo. No había terminado.

—No es todo, ¿verdad?

—No. Como son dos, Ben quiere que prepares a Kitten.

El rostro de Josmary se llenó de un gran disgusto al escuchar ese nombre.

—¿Por qué tengo que compartir el escenario con ella? —preguntó molesta— No está a mi nivel, ni siquiera le alcanza para besar el suelo que piso.

—Porque si lo haces bien, el jefe estará más que complacido y… podría pagarte otro de tus lujosos vestidos.

Josmary maldijo a Ashton por conocer lo que ella quería. Siempre le había gustado la buena ropa y joyas, toda clase de lujos para embellecerla aún más y si tenía que aguantar a la chica que más detestaba en el lugar para conseguirlo, lo haría.

—Lo haré —dijo finalmente— ¡Ay, cómo odio ese estúpido apodo que tú y Robert le pusieron!

Kitten era el apodo de la chica. Hacía poco que había llegado al lugar, pero lo odiaba en secreto. Intentaba bloquear ese sentimiento de ira de todas las maneras posibles, porque sabía que no podía marcharse y si se enfocaba en la rabia que sentía al bar, entonces sólo se lastimaría aún más.

Se preguntaba por qué les daban apodos a las demás chicas. ¿Sería acaso para que se sintieran menos humanas y sintieran menos? A pesar de que sabía que eso podía protegerlas, no lo quería, porque se sentía mal, porque no se suponía que las cosas debieran ser así. Josmary se había salvado de los apodos, porque se lo había ganado, pero ella era nueva como las mariposas.

En la oscuridad de su habitación escuchaba el eco casi inaudible de su nombre. Su verdadero nombre, por el cual nadie la llamaba: Ornella.

ATTE

MASATO

2 comentarios: