Historia principal de Bill

Cuando Bill intenta huir de un burdel al que es llevado por Tom, no podrá hacerlo completamente, porque será prendado lentamente por una chica del lugar, Ornella. Su casi imposible amor será puesto a prueba por su ex novia, su maquillista y amiga de la infancia. Bill comprobará si en su sombra es posible brillar.

Historia secundaria de Georg

Georg nunca ha sido muy amigo de los paparazzi, pero eso da un giro cuando atrapa a Yunma, una joven paparazzi, fotografiándolo. La química es inmediata, pero ambos se encuentran entre su profesionalismo y sus emociones. Y la vida hace tomar decisiones.

Historia Secundaria de Tom

Tom siempre ha sido un mujeriego. Disfruta tanto con las mujeres que ni su masajista ni su entrenadora personal están excluidas de esa lista. Sin embargo, conoce a una chica que lo hará elegir entre ser el eterno don juan o el eterno enamorado

Historia secundaria de Gustav

El amor entre Gustav y una fan surge a través del internet. El destino es cruel con ellos poniéndoles obstáculos cada vez que quieren verse y eso desanima su romance. ¿Podrá sobrevivir este sentimiento a los deberes de la banda?

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jueves, 20 de enero de 2011

Capítulo III

Mi Sombra

Capítulo III

La chica miraba a Tom cual niño que acababa de romper el florero favorito de mamá. Con esa misma ternura y deseos de ser disculpada. Asomaba sus manos por sobre los asientos para sacar tímidamente su cabeza y enfrentar al dueño del vehículo a duras penas, porque cuando lo miró a los ojos no tardó en comenzar a titubear del contacto visual. El sonrojo fue instantáneo y la joven se comenzó a preguntar si realmente se sentía avergonzada por el hecho de haber invadido su propiedad.

—Hey… —saludó Tom.

Ella se agachó un poco más como respuesta tímida a su saludo. Tom sonrió al ver que la fémina sabía que había hecho algo indebido y que tenía deseos de disculparse, pero no sabía por dónde empezar.

—¿Qué haces en mi auto? —preguntó el guitarrista pacíficamente.

—Lo siento —se disculpó apenada la chica.

—No te estoy culpando de nada —la tranquilizó Tom— Sólo quería saber por qué estás aquí.

Entonces la muchacha tensó sus labios. En su interior se desenvolvía un extraño conflicto que contraponía su nerviosismo con el encanto que le propinaba Tom. Quería hablarle, ser honesta con él en decirle cómo había llegado a aquello, pero le costaba partir. Él la ayudó.

—¿Cómo te llamas?

Tomó un profundo respiro.

—C-Constanza —balbuceó.

—¿Cómo fue que llegaste a mi auto?

—No fue mi intención quedarme tanto rato, me subí sólo por un momento.

Al ver la cara desentendida de Tom con su cabeza inclinada, supo que tendría que explicarle sin vacilaciones. Sus nervios se lo hacían más difícil y el perforado se preguntó a qué se debía aquello. Finalmente Constanza sacó su cabeza desde atrás de los asientos.

—Me estaba escondiendo —habló con delicadeza— Yo… rompí sin querer el vidrio de un banco y como los guardias me empezaron a perseguir me oculté aquí.

Tom no supo si reír de lo graciosa de la situación o de la ternura con la que ella se refirió a los hechos. Lo relataba como si hubiese cometido un gran crimen.

—¿Cómo entraste?

—Creo que no sueles cerrar las puertas traseras de tu auto, ¿o sí?

Lo había descubierto. Siempre había encontrado innecesario hacer eso, ya que nunca ocupaba los asientos de atrás. Rió el mayor de los Kaulitz y Constanza, al escuchar esa risa tan contagiosa no pude evitar reír también. Acompañaron sus expresiones durante unos segundos hasta que oyeron unas voces que venían desde atrás, en la vereda.

—¡Ahí está!

Se trataba de los guardias del banco que la habían visto dañar la propiedad. Constanza tenía que actuar rápido y se incorporó del asiento.

—¡Lo siento, tengo que irme! —gritó antes de empezar a correr.

No pude preguntarle ni decirle nada más, porque para cuando quiso hacerlo su silueta se había perdido entre los edificios y las luces de la ciudad. Esperaba que los grandulones no la hubieran encontrado, porque una chica de apariencia tan frágil sería un blanco ideal para ellos.

Encendió su auto para irse del lugar, dejando atrás el fugaz encuentro. Sí, era cierto que le hubiera gustado prolongar esa conversación, pero lo consolaba el hecho de que cuando hubiera llegado con Bill, ella ya estaría lejos de los guardias.

Lo que Tom ignoraba era que Constanza había dejado en el audi algo muy importante. Algo que los harías volver a encontrarse.

Los ojos de Georg no se desviaban de su objetivo. Aunque se tratase de un lugar íntimo, ella lo había desafiado y nunca pasaba por alto un desafío.

—Lo diré una vez más, ¡dame la memoria!

Ella negó rotundamente con el cabeza, pues debido a la determinación de Georg, se le había escapado el aire de los pulmones.

El poco oxígeno que conservaba se esfumó cuando observó que la mano de Georg y se acercaba lenta, pero irrefrenablemente a su escote. De acuerdo, ella era profesional, pero había cosas que sobrepasaban el límite. Lo que el bajista estaba a punto de hacer era, sin dudarlo, una de esas cosas.

Faltaba poco, casi nada.

—¡Ya está bien, para!

Había gritado justo a tiempo para detener a Georg. Su cara estaba sonrojada y su respiración irregular. No estaba acostumbrada a que la llevaran a esos extremos.

Con el permiso de Georg, sacó la tarjeta de memoria de entre sus pechos.

—Tú ganas —suspiró derrotada— Nadie tendrá esa foto más que tú.

Georg la observó. Ella no lo miraba, en lugar de eso se concentraba en el piso, seguramente para no dirigirle la vista por despecho.

—“¿En serio le importa tanto?” —se preguntó arqueando una ceja.

Suspiró pesadamente. No le agradaba dejar a una mujer así de infeliz, aunque fuera a costa de él. No podía entregarle la foto, claro estaba, pero eso no quería decir que no podía hacer algo compensarlo.

La paparazzi volvió a verlo al rostro cuando sintió que le fue entregado un papel en sus manos. Cuando le echó un vistazo se dio cuenta de que Georg le había entregado un cheque con una generosa suma de dinero. Realmente generosa, pues la cantidad era considerable.

—E-Esto es…

—Te he pagado más de lo que lo haría una revista por las fotos —habló Georg— pero si necesitas más para dejar de sentirte molesta puedo hacer otro cheque.

A la joven le fascinó el detalle que el mozo tuvo con ella y sin pensarlo se puso en puntillas para besar su mejilla sin timidez. Georg tuvo que parpadear un par de veces para asimilarlo, ya que para ser sincero, no estaba acostumbrado a tan repentinas demostraciones de afecto y menos de una desconocida.

Para cuando despertó de ese sueño, la joven se había girado para continuar con su camino, pero no se alejó completamente hasta que le regaló una sonrisa de agradecimiento por haber sido considerado con ella.

Georg se sintió extraño. ¿Acaso había sentido química con ella?

No le gustaba esperar. Bill se preguntaba en dónde podía estar Tom. Tenían conferencia en unos minutos y él estaba listo hace bastante rato. Como su mente nunca se detenía, ya comenzaba a pensar en qué discurso de disculpas tendría que dar por llegar tarde a la conferencia.

—“Podría matar a Tom por esto” —pensó Bill.

Cuando ya estaba perdiendo la paciencia y las fibras de su pelo amenazaban con desordenarse por el estrés, llegó Tom en su reluciente audi. La sorpresa se la llevó su gemelo al no encontrar al resto de la banda en los asientos como debía ser.

—Sube, hermanito —ordenó Tom de lo más relajado.

—Pero, ¿Gustav y Georg en dónde están?

—Que subas, estás ocasionando un embotellamiento. Sólo sube, te explicaré en el camino.

Viendo que no tenía remedio, Bill acató las órdenes de su hermano mayor, no sin sentirse un poco nervioso, porque cuando Tom hacía cosas que aparentemente no tenían explicación, en verdad si la tenían y casi nunca era algo favorable para él.

—Georg y Gustav deben estar gozando de su noche libre —informó Tom.

Aquella frase hizo que Bill se volteara hacia él con su rostro entre enfado y confusión.

—Cambié la fecha de la conferencia.

La mano de Bill viajó a su cabeza y negó con ella. Su presentimiento de que su hermano había hecho las cosas a su manera otra vez no había fallado. Suspiró y no supo si enfadarse o reír. Optó por la segunda opción.

—Ay Tom, ¿en qué cosas me metes?

—Ya me lo agradecerás. Esta noche te llevaré a divertirte. Bueno, en verdad la pasaremos bien los dos.

—“Eso suena bien, pero ¿por qué creo que no me está contando algo?” —se preguntó interiormente.

Los pasos que daba Gustav en un departamento aislado del resto de la ciudad hacían eco en el inmueble. Frente a la puerta de quien había esperado ver hacía tiempo el tiempo se hacía eterno, pero nada es para siempre. Se dispuso a golpear, pero no fue necesario. La madera se abrió frente a él casi automáticamente.

—Lo lamento si te asusté —se disculpó Javiera— pero tenía que asegurarme de que los pasos que escuchaba eran tuyos.

Gustav sonrió. A pesar de lo serio que era, ella siempre lograba sacarle todas las sonrisas que quisiera. Al verla de pies a cabeza, con su delicada apariencia, recordó cómo había sido que la había conocido.

Entraron rápidamente, porque por muy apartado que fuera el lugar, siempre se corrían riegos si pertenecías a una banda famosa.

El blondo se fijó en lo primero que vio, un notebook encendido sobre una mesa llena de libros. Era evidente que era una chica que disfrutaba de la lectura.

—Así estaba mi mesa cuando hablamos por primera vez —dijo Javiera notando el objeto de atención de su hombre— ¿lo recuerdas?

—Sí —memoró Gustav— Escribiste al correo de fans.

—Y tú me contestaste a espaldas de tu banda —recalcó colocando su cabeza sobre el hombro de Gustav.

Los aromas de ambos se combinaban y olían el aire. Temían haber olvidados sus fragancias. Tal vez si inhalaban profundamente, podrían identificar a qué se parecía la trama del olor y recordarse en momentos solitarios. Para Gustav, Javiera olía a canela, por lo que la canela siempre le recordaría a ella y la podría sentir cerca.

—¿Por qué me contestaste ese mail? —preguntó Javiera— Podría haber sido cualquier otro y quizás esta misma conversación la estarías teniendo con otra persona.

—Supongo que hay cosas que están hechas desde antes —dijo el baterista antes de tomar a Javiera delicadamente por la cintura y juntar su nariz con la de ella.

—Me haces cosquillas —sonrió entrecerrando sus ojos.

Por un lado, Gustav agradecía que no pudieran verse muy seguido, porque así podía protegerla de todo el inmundo universo de la prensa. Era cosa de escuchar su sutil risa para darse cuenta de la carencia de corrupción de su ser y que el mundo de él la dañaría gravemente. Agradecía en ese sentido poder mantener ambos mundos lejanos uno del otro.

—Estás muy pensativo —habló Javiera.

—Ignórame.

Le sorprendía una y otra vez que ella pudiera leerlo de esa manera aunque su semblante se mantuviera duro. Acarició su pelo en señal de afecto a lo que ella respondió acercándose más a él. Era un remolino de afecto, en el que empiezas de lo más distante a lo más cercano. Fue así como entre mutuos mimos juntaron sus labios por primera vez esa noche. Aún quedaba mucho tiempo libre para que lo disfrutaran los dos.

El bar “Red Veil” o “Velo rojo” era conocido por sus cinco estrellas. Sólo gente de alta alcurnia llegaba ahí, desde músicos famosos hasta ministros y presidentes. Los mejores licores abundaban y la música también. En donde los ricos y poderosos podían gozar de una noche en total confidencialidad. Ni los paparazis podían entrar. Así de exclusivo era.

—Ya nos encargamos del buscapleitos.

—Lo pensará dos veces antes de intentar entrar.

Aquellos eran los guardias del lugar: Robert y Ashton. Podían ser simples universitarios de día y profesionales de noche, pero eso no los hacía peores en su trabajo. Eran los típicos ex matones que se habían reivindicado trabajando en algo aceptado por la sociedad.

—Perfecto, porque tenemos invitados estelares esta noche.

El último era Ben, que teóricamente podía ser el barman, pero era mucho más que eso. Sabía todo de todos en el bar sinedo la mano derecha del duelo que nunca estaba, así que se podía decir que era el segundo al mando.

—Avísale a Josmary que vienen los gemelos Kaulitz a hacernos compañía —ordenó Ben a Ashton.

Obedientemente, Ashton se dirigió a la parte de atrás del bar, a aquella parte de la cual pocos tenían conociemiento, ya que era un privilegio dentor de un lugar exclusivo y no era un sitio honorable.

Entró al lugar, en donde varias jóvenes en trapos menores servían a los clientes con su compañía y con sus bailes. Fijó su mirada en una de ellas, la principal, Josmary, quien bailaba en el tubo frente a los adinerados y poderosos hombres. Ese era el secreto del bar que era mucho más que un lujoso bar, sino que también era un clandestino burdel, uno muy secreto, pero valioso.

Se acercó y le hizo señas para que se desocupara un momento. El mensaje debía ser enviado.

—No sueles interrumpirme cuando hago mis rutinas —habló Josmary colocándose una bata— Dime qué quieres.

—Tenemos compañía importante esta noche —informó Ashton susurrándole al oído— Ben quiere que les tengas algo bueno a los Kaulitz.

—Ah, así que los gemelos Kaulitz —pensó en voz alta la morena— De acuerdo, todo estará listo.

Antes de que la chica se retirara para volver a su trabajo, Ashton la tomó del brazo. No había terminado.

—No es todo, ¿verdad?

—No. Como son dos, Ben quiere que prepares a Kitten.

El rostro de Josmary se llenó de un gran disgusto al escuchar ese nombre.

—¿Por qué tengo que compartir el escenario con ella? —preguntó molesta— No está a mi nivel, ni siquiera le alcanza para besar el suelo que piso.

—Porque si lo haces bien, el jefe estará más que complacido y… podría pagarte otro de tus lujosos vestidos.

Josmary maldijo a Ashton por conocer lo que ella quería. Siempre le había gustado la buena ropa y joyas, toda clase de lujos para embellecerla aún más y si tenía que aguantar a la chica que más detestaba en el lugar para conseguirlo, lo haría.

—Lo haré —dijo finalmente— ¡Ay, cómo odio ese estúpido apodo que tú y Robert le pusieron!

Kitten era el apodo de la chica. Hacía poco que había llegado al lugar, pero lo odiaba en secreto. Intentaba bloquear ese sentimiento de ira de todas las maneras posibles, porque sabía que no podía marcharse y si se enfocaba en la rabia que sentía al bar, entonces sólo se lastimaría aún más.

Se preguntaba por qué les daban apodos a las demás chicas. ¿Sería acaso para que se sintieran menos humanas y sintieran menos? A pesar de que sabía que eso podía protegerlas, no lo quería, porque se sentía mal, porque no se suponía que las cosas debieran ser así. Josmary se había salvado de los apodos, porque se lo había ganado, pero ella era nueva como las mariposas.

En la oscuridad de su habitación escuchaba el eco casi inaudible de su nombre. Su verdadero nombre, por el cual nadie la llamaba: Ornella.

ATTE

MASATO

domingo, 16 de enero de 2011

Capítulo II

Mi Sombra

Capítulo II

Faltaban treinta minutos para la conferencia que darían esa noche sobre el nuevo disco. El aire olía a cosméticos y a vestuario recientemente renovado. Bill ya estaba vestido y sólo faltaban unos retoques para el maquillaje. Leo, su joven y comprensiva maquillista, intentaba por todos los medios darle una imagen fresca y resplandeciente, pero Bill lo hacía difícil con su triste semblante.

—A ver, mírame —ordenó la chica levantando el mentón de Bill para inspeccionarlo— Mucha sombra, me parece.

—Tú eres la que me está arreglando —acotó el joven.

—No estoy hablando del maquillaje, estoy hablando de ti.

Él suspiró. Había perdido la cuenta de cuántas personas le habían hecho comentarios así. Era cierto, su rostro estaba tan sombrío que opacaba los cosméticos que tan cuidadosamente habían sido aplicados en su rostro, pero ¿qué podía hacer? El estilo de vida que llevaba iba a mil por hora y no podía detenerse, porque ¿qué ocurre con aquello que va a altas velocidades y frena de repente? Se estrella contra la pared destrozándose por completo.

—¿Sabes Bill? —habló Leo— A pesar de que te adoro como persona, te odio como cliente. Es tan difícil trabajar contigo.

—Deberías cambiar de cliente, entonces —bromeó sin ganas.

A pesar de la falta de autenticidad en la broma, hizo sonreír por unos instantes a su maquillista.

—Es que ninguno me hace reír como tú, pero tengo que admitir que tengo curiosidad por saber qué te ocurre.

—“¿Qué quieres que te diga, Leo? Estoy comenzando a cansarme de todo, hasta de vivir. Sí, claro” —pensó Bill mirándola directamente a los ojos— “Tú no tienes la culpa de lo que me está pasando, no haré que lo pagues también. Es mejor que este problema se quede conmigo”

Leo sintió la intensa mirada de Bill sobre ella y no pudo evitar mirarlo también. Su semblante ya no se encontraba tan sombría, porque estaba mezclado con ternura y hasta compasión. Secretamente, Leo amaba esa mirada que era un arma de doble filo para ella. La hacía sentir exquisitamente mal por los ocultos sentimientos que guardaba dentro de sí.

—Bill, mira hacia arriba —pidió la chica.

Él acató de inmediato su orden. Se sentía extraño con la conducta de Leo, porque no era la primera vez que le pedía indirectamente que no la mirase a los ojos, pero ella era la profesional y también su amiga, por lo que no dudaría de ella.

—Estás listo, quedaste guapo. No te sacarán los ojos de encima en la conferencia.

Bill se miró al espejo y vio con ironía cómo el maquillaje había cambiado su función. Para él ya no era para resaltar sus perfectas facciones, sino que ahora era un disfraz, un escondite. El capullo que utilizaba para esquivar las interrogantes de la prensa y de sus seres queridos.

—Gracias, Leo.

No era el único que se estaba preparando para la conferencia. Antes de salir a maquillarse con Leo, la banda había acordado todo lo que iban a hacer antes de ir. Tom dijo que quería relajarse con su masajista preferida, María José y los G’s, que eran más sencillos, sólo quisieron descansar en la comodidad de la lujosa casa. Después de eso, saldrían los tres juntos de la casa, pasarían por Bill y llegarían a su destino. Sencillo plan y cómodo plan que nunca se realizó.

Georg fue el primero en estar preparado y se paseaba cerca de la puerta esperando a los demás. No tardó en bajar Gustav, que tenía algo diferente que no pasó desapercibido por su compañero, algo que hizo que el bajista se levantara por un momento las gafas oscuras.

—Gustav, ¿te arreglaste?

El baterista no le contestó, porque la verdad no hacía falta. Bastaba con dar un vistazo para darse cuenta de que se hallaba afeitado y perfumado, su pelo lo había peinado y se había quitado la cómoda gorra. Sin mencionar que su ropa se había elegido con cuidado.

—No preguntes —se adelantó Gustav ante la mirada de Georg.

—Te ves bien.

Los ojos de Georg se desviaron a la mano de Gustav, que no estaba descoupada, pues sostenía con ahínco su teléfono móvil.

—¿Algún día me dirás---

No terminó de decir su frase, porque la mirada hostil que le fue brindada por su compañero lo calló de una vez.

—Eso pensé —suspiró Georg resignado.

Un ruido proveniente del mismo lugar hizo que los G’s desviaran su mirada hacia una esquina de la entrada. Se trataba de Beel, la mucama, quien había chocado contra uno de los jarrones que habían comprado en Italia, pero que por fortuna había alcanzado a salvar.

—¡Lo siento! —exclamó la fémina— Es sólo que… hoy luce diferente, jefe.

Gustav bajó la mirada avergonzado. No sabía que una leve mayor preocupación por su imagen diera tanto que hablar. Gruñó sutilmente, pero así y todo fue escuchado por los dos presentes.

—No lo tomes en cuenta —le susurró Georg a Beel— Cuando sabe que iremos con la prensa se pone de mal humor.

Ella rió de una manera coqueta y le sonrió para susurrarle también.

—Yo creía que así estaba siempre —habló Beel.

Ambos rieron sin disimular frente a Gustav y éste lo único que pudo hacer fue inclinar su cabeza en señal de desentendimiento.

—Por cierto —continuó la chica— La limusina está lista esperando afuera. Venía para avisarles.

—Perfecto, vámonos —se apresuró Gustav.

Algo, o más bien dicho, alguien faltaba en la imagen.

—Momento —lo detuvo el bajista— ¿en dónde está Tom?

Repetidos besos se escuchaban en la habitación en donde se suponía que no debía haber ninguno, pero se había quebrantado la regla. La camilla de masajes debía ser para que la ocupara una sola persona, pero la estaban ocupando dos. La masajista debía estar haciéndole masajes a su cliente, no estar debajo de su cliente, ni mucho menos tener ese grade de acercamiento con él. Lo sabían.

—Tom… —suspiraba María José ante los besos que el guitarrista le propinaba en su cuello— Debemos parar. Tú tienes una conferencia.

—Eso no te impidió llegar a mis brazos, ¿o sí? —preguntó el muchacho con ironía.

—Si no vas ahora, vendrán por ti —continuó argumentando la moza.

—Entonces aún tenemos tiempo —se convenció Tom dejando que su mano se deslizara por las piernas de su masajista.

La imagen que se presenciaba daba para pensar que las mutuas atenciones que se estaban dando iban a prologarse e intensificarse, pero como María José había dicho, tenía compromisos en su agenda.

—¡Tom, sal luego o llegaremos tarde! —se escuchó afuera del cuarto.

Unos golpes insistentes provenientes de los G’s hicieron levantar la vista de María José hacia la puerta, pero a Tom poco y nada le importaba. Seguía haciendo de las suyas.

—Los chicos---

—No les importará esperar cinco o diez minutos más —aseguró.

—¡Claro que sí, tienen conferencia!

—No habrá ninguna conferencia —dijo Tom casi exasperado.

María José dudaba que fuera una broma, porque conocía a la perfección los mil y un gestos de Tom.

—De todo modos tengo otro compromiso —continuó el joven levantándose de la camilla para ponerse su camiseta— Tú ganas, pero esta me la debes.

La masajista se apresuró para ponerse de pie y arreglar su alborotado cabello, pues no quería que sospecharan de ella. Una vez que se acicaló lo más que pudo en el limitado tiempo que tenía, abrió la puerta. Sorprendentemente, los chicos ya se habían ido.

—Lo más probable es que se hayan cansado de insistir, pero descuida. Sé cómo tratarlos —comentó Tom saliendo del cuarto.

María José se quedó bajo el umbral de la puerta de su sitio de trabajo viendo cómo el mujeriego guitarrista bajaba las escaleras para seguir a sus compañeros. Antes de bajar completamente, el mayor de los Kaulitz se volteó con sus ojos iluminados y su piercing dando vueltas gracias a su lengua. Ella se sintió gratamente invadida.

—Por cierto, mañana quiero otra sesión y sin interrupciones. Tú y yo tenemos un asunto pendiente.

Con eso dejó a María José sonrojada y preguntándose nuevamente cuándo había decidido jugar con Tom a la amiga con ventaja.

La limusina aguardaba afuera de la lujosa mansión desde hace un rato a tres de los integrantes de la banda, pero Georg y Gustav iban con calma, pues aún Tom no se hacía presente y entorpecía su puntualidad. Como siempre, aprovechaban de conversar entre ellos antes de subir a la limusina, porque sabían que después, todo lo que dijeran sería grabado.

—Escuché que la ex de Bill estaría en la conferencia —comentó Gustav.

—¿Cindy? —preguntó Georg.

—La misma. Al parecer hará una sesión de fotos. Desde que trabaja de modelo está haciendo la mayor cantidad de trabajos posibles.

—Que Maye no se entere —deseó Georg— Muy amiga de Bill será, pero nunca le gustó que Cindy estuviera cerca de él.

—Sí, recuerdo cuando Maye se enojó con Bill por hacerse novio de ella. Estuvieron sin hablarse durante meses.

Entre los recuerdo, saltó Tom entre medio de ellos dos con una amplia sonrisa, como si no les hubiera causado ningún retraso, pero los G’s no lo acompañaron en su simpatía sobreactuada.

—¡Oh, por favor! No me miren como si no lo hubiera hecho antes.

—Ese es el problema, lo haces siempre —sostuvo Gustav.

—Relájense. No habrá conferencia —informó.

Tanto Gustav como Georg miraron a Tom interrogantes. Ningún gesto en su rostro delató que se tratase de una broma. Estaba en lo cierto.

—¿Cancelaste---

—No cancelé nada, no se preocupen —tranquilizó— Sólo moví la fecha.

Con una expresión de triunfo, Tom pescó a sus compañeros por los hombros y les brindó una alegre expresión.

—Así que, como lo veo yo, tenemos la noche totalmente libre.

Tuvieron que pasar un par de segundos antes de asimilar que por primera vez en mucho tiempo tenían una noche libre. ¿Cómo la pasarían? Fuera como fuera, podrían sentirse unos perros sueltos, como el nombre de su canción.

En medio de sus sueños estando despiertos, apareció Beel trayendo consigo dos gafas oscuras.

—Llegaron los lentes, están renovados tal y como los pidieron —anunció alzando las prendas.

—Gracias Beel —pronunciaron los músicos tomando los lentes, menos Gustav, quien llevaba sus lentes ópticos.

—Por cierto, ¿podrías decirle al de la limusina que ya no lo necesitamos? —solicitó Tom— Hoy iremos cada uno por nuestro lado.

Obedientemente, Beel se dispuso a avisarle al chofer que no necesitarían de sus servicios esa noche, pero un ligero error al girar hizo que sus pies se enredaran y tropezara y amenazaran con hacerla caer al piso, pero Georg fue más listo y la afirmó para que no cayera.

El problema fue de dónde la sujetó. La única manera que vio Georg de evitar que Beel cayera al suelo había sido afirmarla de su falda. En ese momento, un gran flash encandiló a los presentes.

—¿Qué ra---

Al voltear los ojos, se encontraron con que una disimulada paparazzi había sacado una foto a ese breve momento.

Georg no era tonto y sabía que ese ángulo no le favorecía. Obviamente la foto se había visto extraña, ya que una persona ajena a la situación, pensaría que le había levantado la falda a la mucama. La paparazzi que le había tomado la foto se había girado velozmente para escapar. Tenía dos segundos para pensar. Resignarse o perseguirla.

—¡Oye, tú!

Ahí fue cuando comenzó la carrera entre Georg y la paparazzi, quienes desaparecieron cuando voltearon en la esquina. De seguro continuarían con su disputa allí.

—Bueno, Gus. Yo tengo mi auto afuera, así que si fuera tú encontraría algo que hacer —sugirió.

—¿Bill sabe de esto?

—Lo sabrá. Ahora mismo iré a buscarlo. Tenemos… cosas que hacer.

Gustav no tenía idea a lo que se refería, pero tenía la noche libre. Un privilegio que no solían tener y ya no se acordaba de la última vez que parrandearon como amigos, pero no importaba, tenía que disfrutar y sabía exactamente cómo y con quién iba a compartir esa velada nocturna.

—“Allá voy” —escribió en su celular.

Dejando a los chicos de lado, los músculos de Georg actuaron para perseguir a la chica quien era bastante rápida y saltaba cada obstáculo a su paso.

—¡Dame esa cámara! —exclamaba, pero no recibía respuesta— ¡Ya, hazlo!

La muchacha aumentaba aún más la velocidad, pero él no permitiría que se escapara con una foto que simulaba ser comprometedora y finalmente lo sería si llegaba a ser publicada. Tenía que tomar medidas más drásticas.

Antes de que la paparazzi se escapara, usó gran cantidad de sus fuerzas y de un brinco le atajó los pies, cosa que hizo que la chica se tropezara y la máquina cayera al suelo. Debido al impacto, se le salió la batería y la tarjeta de memoria.

—¡Es mía! —exclamó la fémina intentando alcanzar la tarjeta de memoria con sus brazos.

—¡Ni lo pienses! —acompañó Georg.

Parecía una especie de lucha libre, pues al principio la tenía la astuta paparazzi, luego Georg y así sucesivamente, todo por la continua batalla entre manos resbaladizas y casi empujones que se daban. Como se estaban quedando sin fuerzas, hubo un momento en que Georg le dio tiempo suficiente para que la profesional tomara la tarjeta y la metiera dentro de su escote. Georg se puso rojo de la impotencia.

—¡¿Qué?!

La joven le sacó la lengua en señal de triunfo y se dispuso a ponerse de pie, pero en un momento dado, el bajista la tomó por los hombros y la puso acostada en el suelo con él mirando desde arriba, hincado junto a ella. La miró desafiantemente, nadie le hacía trampas de ese tipo a Georg Listing.

—¿Crees que no la sacaría?

La chica se puso azul.

—No te atreverías…

—¿Ah, no?

—“Bill me matará” —pensaba Tom mientras sacaba las llaves de su auto— “Pero me volverá a amar cuando lo haga pasar un buen rato en el bar. Tom, eres un genio”

Se alababa a sí mismo una y otra vez mientras encendía el motor y arrancó a buscar a Bill. Su vehículo se lo había regalado su hermano mismo para navidad, otro audi para su colección. Esta vez era uno convertible.

En un punto del camino, Tom notó que una sombra se vislumbraba en su espejo retrovisor y cuando miró más detalladamente el vidrio pulido se encontró con la figura de una persona.

—¡Mierda! —gritó de susto.

La sorpresa hizo que se resbalara el auto y que casi chocara con otros dos vehículos. Por suerte logró enderezarse y se detuvo a un costado del camino, no sin antes dejar una negra huella de su repentina frenada.

Respiró agitadamente, intentando recobrar su ritmo cardíaco normal y giró para ver al intruso a la cara.

—Lo siento —dijo el sorpresivo huésped.

Para su impresión, el polisón que se había hospedado en los asientos traseros de su auto era una chica. Una joven que por alguna extraña razón se hallaba en su auto y ahora se miraba con su dueño de manera interrogante.

ATTE

MASATO

martes, 11 de enero de 2011

Prólogo

Prólogo

—¡Bill, espéranos!

Era 2002. Los últimos hielos ya se habían derretido y permitían que una joven banda y grupo de amigos corrieran por los altos pastos que había dejado el deshielo. El que corría llevando la delantera era Bill, quien sostenía una botella de vidrio en sus manos. Le seguían su gemelo Tom, Gustav, Georg y su pequeña amiga, Maye.

—¡Apresúrense, si no lo hacemos se llenará McDonald’s! —insistía el maquillado chico de trece años.

—Más te vale que no tome mucho tiempo. No quiero llegar tarde a mi cita —expresó Tom respirando agitadamente.

Los árboles se hacían más altos a medida que avanzaban, pero no se detenían. La más pequeña de los amigos, Maye, los seguía con dificultad, pues mientras los demás gozaban de trece, catorce y quince años, ella sólo contaba con diez. Corría con sus cortas piernas lo más que podía, pero no era suficiente para alcanzar a los niños grandes.

Espérenme, por favor —sollozó Maye de la frustración.

Puso sus manos cubriendo su rostro para llorar más fuertemente, pero no alcanzó ni a derramar lágrima. La razón era que Bill se había devuelto para cargarla en su espalda. La impotencia de la pequeña frenó cuando sintió a Bill corriendo nuevamente, sólo que con ella como inquilina.

—¡Vamos Maye, no te rindas! —rió el gemelo menor— Ya llegaremos al río.

—¿Falta poco? —preguntó Georg— Me estoy cansando.

—Eso es porque estás gordo —se burló Gustav corriendo a grandes zancadas.

—¡Vas a pagar por haber dicho eso!

Todos los niños rieron cuando vieron al bajista saltar sobre su blondo amigo rodando por los pastos cuesta abajo. Se escuchaban las ramas romperse ante el peso de los dos chicos y las exclamaciones de los demás. Cuando se detuvieron, levantaron la vista y se dieron cuenta de que habían llegado a su destino.

—¡Eh, vengan aquí! —llamó Gustav— ¡Llegamos al río!

Los demás dejaron sus risotadas y bajaron. Era tal y como Bill lo había planeado. Había elegido el día posterior al deshielo para que el caudal del río estuviera en su punto máximo, así saldría mejor su plan. Depositó a la menuda Maye en el piso y alzó su botella de vidrio.

—Aún no entiendo por qué hacemos esto —habló Tom.

—Estamos comenzando el camino de la fama —empezó explicando Bill—Es un camino lleno de sorpresas y para no perdernos tenemos que hacernos promesas. Así nunca olvidaremos algunas cosas, pase lo que pase.

—Es injusto —dijo Maye— Ustedes son una banda y ¿qué soy yo?

—Nuestra amiga —contestó Bill— Es por eso que es importante que presencies esto.

—Empiezo yo —inció Gustav sacando el primer papel para ingresarlo en la botella— Mi promesa es que cuando todos estén agotados, me encargaré de ser su pilar para que descansen.

La botella llegó a manos de Georg, cuyo papel estaba manoseado. Se notaba que había pensando mucho en una promesa que hacer.

—Yo prometo hacerlos reír siempre. Tenemos que pasarlo bien también, por supuesto —sonrió.

Siguió el promiscuo guitarrista, Tom.

—No se rían —pidió antes de hablar— Si alguna vez les cuesta ser sinceros o no saben cómo expresarse… yo hablaré por ustedes.

Todos suspiraron de ternura haciendo sonrojar al mayor de los Kaulitz. Era el turno del precursor de la idea, Bill.

—Chicos, Maye. Mi promesa será la de no dejar que nada nos desconecte. Habrá turbulencias, sí y el camino que recorreremos será tan veloz como la luz, pero no cambiaré —prometió.

Hizo el ademán de colocar el último papel dentro de la botella, pero Maye lo detuvo.

—Pero Bill, la luz es muy veloz —alegó— ¿qué pasará cuando te canses?

Los demás miraron al chico con la misma interrogante. Todos querían escuchar la respuesta a esa pregunta. La verdad era que Bill tampoco sabía cómo responder, pero un destello de lz lo hizo desviar su mirada al árbol junto a ellos. Bajo ese árbol estaba la respuesta.

—Si es así, entonces descansaré en la sombra.

Todos asintieron. Parecían conformes. Así, el niño de ojos delineados selló la botella con el último papel.

—Si van a ser famosos no tendré cómo vigilar que cumplan con lo que dicen —continuó la pequeña.

—Sí que tendrás cómo —habló el menor de los Kaulitz— Para ese entonces seremos grandes y estaremos casados.

La banda tomó la botella en conjunto y la lanzaron al río. Con ese acto simbólico sellaron los vínculos de la banda y podían estar más seguros del otro.

—¿Puedo preguntar por qué la lanzamos y no la enterramos, Bill? —preguntó su gemelo.

—Fácil. Nosotros iremos cada vez más lejos, no estaremos estancados. Para eso debemos fluir, como la botella en el río.

En ese entonces, Bill no tenía idea de que su sombra encarnaría a una persona. Esa persona era “Kitten” en el lugar en donde trabajaba. Era una joven normal en las calles, en las pocas ocasiones en que salía. Con Bill era diferente, pues con él podía ser quien realmente era, podía ser Ornella, a quien él llamaba cariñosamente “mi sombra”.

ATTE

MASATO