Historia principal de Bill

Cuando Bill intenta huir de un burdel al que es llevado por Tom, no podrá hacerlo completamente, porque será prendado lentamente por una chica del lugar, Ornella. Su casi imposible amor será puesto a prueba por su ex novia, su maquillista y amiga de la infancia. Bill comprobará si en su sombra es posible brillar.

Historia secundaria de Georg

Georg nunca ha sido muy amigo de los paparazzi, pero eso da un giro cuando atrapa a Yunma, una joven paparazzi, fotografiándolo. La química es inmediata, pero ambos se encuentran entre su profesionalismo y sus emociones. Y la vida hace tomar decisiones.

Historia Secundaria de Tom

Tom siempre ha sido un mujeriego. Disfruta tanto con las mujeres que ni su masajista ni su entrenadora personal están excluidas de esa lista. Sin embargo, conoce a una chica que lo hará elegir entre ser el eterno don juan o el eterno enamorado

Historia secundaria de Gustav

El amor entre Gustav y una fan surge a través del internet. El destino es cruel con ellos poniéndoles obstáculos cada vez que quieren verse y eso desanima su romance. ¿Podrá sobrevivir este sentimiento a los deberes de la banda?

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domingo, 16 de enero de 2011

Capítulo II

Mi Sombra

Capítulo II

Faltaban treinta minutos para la conferencia que darían esa noche sobre el nuevo disco. El aire olía a cosméticos y a vestuario recientemente renovado. Bill ya estaba vestido y sólo faltaban unos retoques para el maquillaje. Leo, su joven y comprensiva maquillista, intentaba por todos los medios darle una imagen fresca y resplandeciente, pero Bill lo hacía difícil con su triste semblante.

—A ver, mírame —ordenó la chica levantando el mentón de Bill para inspeccionarlo— Mucha sombra, me parece.

—Tú eres la que me está arreglando —acotó el joven.

—No estoy hablando del maquillaje, estoy hablando de ti.

Él suspiró. Había perdido la cuenta de cuántas personas le habían hecho comentarios así. Era cierto, su rostro estaba tan sombrío que opacaba los cosméticos que tan cuidadosamente habían sido aplicados en su rostro, pero ¿qué podía hacer? El estilo de vida que llevaba iba a mil por hora y no podía detenerse, porque ¿qué ocurre con aquello que va a altas velocidades y frena de repente? Se estrella contra la pared destrozándose por completo.

—¿Sabes Bill? —habló Leo— A pesar de que te adoro como persona, te odio como cliente. Es tan difícil trabajar contigo.

—Deberías cambiar de cliente, entonces —bromeó sin ganas.

A pesar de la falta de autenticidad en la broma, hizo sonreír por unos instantes a su maquillista.

—Es que ninguno me hace reír como tú, pero tengo que admitir que tengo curiosidad por saber qué te ocurre.

—“¿Qué quieres que te diga, Leo? Estoy comenzando a cansarme de todo, hasta de vivir. Sí, claro” —pensó Bill mirándola directamente a los ojos— “Tú no tienes la culpa de lo que me está pasando, no haré que lo pagues también. Es mejor que este problema se quede conmigo”

Leo sintió la intensa mirada de Bill sobre ella y no pudo evitar mirarlo también. Su semblante ya no se encontraba tan sombría, porque estaba mezclado con ternura y hasta compasión. Secretamente, Leo amaba esa mirada que era un arma de doble filo para ella. La hacía sentir exquisitamente mal por los ocultos sentimientos que guardaba dentro de sí.

—Bill, mira hacia arriba —pidió la chica.

Él acató de inmediato su orden. Se sentía extraño con la conducta de Leo, porque no era la primera vez que le pedía indirectamente que no la mirase a los ojos, pero ella era la profesional y también su amiga, por lo que no dudaría de ella.

—Estás listo, quedaste guapo. No te sacarán los ojos de encima en la conferencia.

Bill se miró al espejo y vio con ironía cómo el maquillaje había cambiado su función. Para él ya no era para resaltar sus perfectas facciones, sino que ahora era un disfraz, un escondite. El capullo que utilizaba para esquivar las interrogantes de la prensa y de sus seres queridos.

—Gracias, Leo.

No era el único que se estaba preparando para la conferencia. Antes de salir a maquillarse con Leo, la banda había acordado todo lo que iban a hacer antes de ir. Tom dijo que quería relajarse con su masajista preferida, María José y los G’s, que eran más sencillos, sólo quisieron descansar en la comodidad de la lujosa casa. Después de eso, saldrían los tres juntos de la casa, pasarían por Bill y llegarían a su destino. Sencillo plan y cómodo plan que nunca se realizó.

Georg fue el primero en estar preparado y se paseaba cerca de la puerta esperando a los demás. No tardó en bajar Gustav, que tenía algo diferente que no pasó desapercibido por su compañero, algo que hizo que el bajista se levantara por un momento las gafas oscuras.

—Gustav, ¿te arreglaste?

El baterista no le contestó, porque la verdad no hacía falta. Bastaba con dar un vistazo para darse cuenta de que se hallaba afeitado y perfumado, su pelo lo había peinado y se había quitado la cómoda gorra. Sin mencionar que su ropa se había elegido con cuidado.

—No preguntes —se adelantó Gustav ante la mirada de Georg.

—Te ves bien.

Los ojos de Georg se desviaron a la mano de Gustav, que no estaba descoupada, pues sostenía con ahínco su teléfono móvil.

—¿Algún día me dirás---

No terminó de decir su frase, porque la mirada hostil que le fue brindada por su compañero lo calló de una vez.

—Eso pensé —suspiró Georg resignado.

Un ruido proveniente del mismo lugar hizo que los G’s desviaran su mirada hacia una esquina de la entrada. Se trataba de Beel, la mucama, quien había chocado contra uno de los jarrones que habían comprado en Italia, pero que por fortuna había alcanzado a salvar.

—¡Lo siento! —exclamó la fémina— Es sólo que… hoy luce diferente, jefe.

Gustav bajó la mirada avergonzado. No sabía que una leve mayor preocupación por su imagen diera tanto que hablar. Gruñó sutilmente, pero así y todo fue escuchado por los dos presentes.

—No lo tomes en cuenta —le susurró Georg a Beel— Cuando sabe que iremos con la prensa se pone de mal humor.

Ella rió de una manera coqueta y le sonrió para susurrarle también.

—Yo creía que así estaba siempre —habló Beel.

Ambos rieron sin disimular frente a Gustav y éste lo único que pudo hacer fue inclinar su cabeza en señal de desentendimiento.

—Por cierto —continuó la chica— La limusina está lista esperando afuera. Venía para avisarles.

—Perfecto, vámonos —se apresuró Gustav.

Algo, o más bien dicho, alguien faltaba en la imagen.

—Momento —lo detuvo el bajista— ¿en dónde está Tom?

Repetidos besos se escuchaban en la habitación en donde se suponía que no debía haber ninguno, pero se había quebrantado la regla. La camilla de masajes debía ser para que la ocupara una sola persona, pero la estaban ocupando dos. La masajista debía estar haciéndole masajes a su cliente, no estar debajo de su cliente, ni mucho menos tener ese grade de acercamiento con él. Lo sabían.

—Tom… —suspiraba María José ante los besos que el guitarrista le propinaba en su cuello— Debemos parar. Tú tienes una conferencia.

—Eso no te impidió llegar a mis brazos, ¿o sí? —preguntó el muchacho con ironía.

—Si no vas ahora, vendrán por ti —continuó argumentando la moza.

—Entonces aún tenemos tiempo —se convenció Tom dejando que su mano se deslizara por las piernas de su masajista.

La imagen que se presenciaba daba para pensar que las mutuas atenciones que se estaban dando iban a prologarse e intensificarse, pero como María José había dicho, tenía compromisos en su agenda.

—¡Tom, sal luego o llegaremos tarde! —se escuchó afuera del cuarto.

Unos golpes insistentes provenientes de los G’s hicieron levantar la vista de María José hacia la puerta, pero a Tom poco y nada le importaba. Seguía haciendo de las suyas.

—Los chicos---

—No les importará esperar cinco o diez minutos más —aseguró.

—¡Claro que sí, tienen conferencia!

—No habrá ninguna conferencia —dijo Tom casi exasperado.

María José dudaba que fuera una broma, porque conocía a la perfección los mil y un gestos de Tom.

—De todo modos tengo otro compromiso —continuó el joven levantándose de la camilla para ponerse su camiseta— Tú ganas, pero esta me la debes.

La masajista se apresuró para ponerse de pie y arreglar su alborotado cabello, pues no quería que sospecharan de ella. Una vez que se acicaló lo más que pudo en el limitado tiempo que tenía, abrió la puerta. Sorprendentemente, los chicos ya se habían ido.

—Lo más probable es que se hayan cansado de insistir, pero descuida. Sé cómo tratarlos —comentó Tom saliendo del cuarto.

María José se quedó bajo el umbral de la puerta de su sitio de trabajo viendo cómo el mujeriego guitarrista bajaba las escaleras para seguir a sus compañeros. Antes de bajar completamente, el mayor de los Kaulitz se volteó con sus ojos iluminados y su piercing dando vueltas gracias a su lengua. Ella se sintió gratamente invadida.

—Por cierto, mañana quiero otra sesión y sin interrupciones. Tú y yo tenemos un asunto pendiente.

Con eso dejó a María José sonrojada y preguntándose nuevamente cuándo había decidido jugar con Tom a la amiga con ventaja.

La limusina aguardaba afuera de la lujosa mansión desde hace un rato a tres de los integrantes de la banda, pero Georg y Gustav iban con calma, pues aún Tom no se hacía presente y entorpecía su puntualidad. Como siempre, aprovechaban de conversar entre ellos antes de subir a la limusina, porque sabían que después, todo lo que dijeran sería grabado.

—Escuché que la ex de Bill estaría en la conferencia —comentó Gustav.

—¿Cindy? —preguntó Georg.

—La misma. Al parecer hará una sesión de fotos. Desde que trabaja de modelo está haciendo la mayor cantidad de trabajos posibles.

—Que Maye no se entere —deseó Georg— Muy amiga de Bill será, pero nunca le gustó que Cindy estuviera cerca de él.

—Sí, recuerdo cuando Maye se enojó con Bill por hacerse novio de ella. Estuvieron sin hablarse durante meses.

Entre los recuerdo, saltó Tom entre medio de ellos dos con una amplia sonrisa, como si no les hubiera causado ningún retraso, pero los G’s no lo acompañaron en su simpatía sobreactuada.

—¡Oh, por favor! No me miren como si no lo hubiera hecho antes.

—Ese es el problema, lo haces siempre —sostuvo Gustav.

—Relájense. No habrá conferencia —informó.

Tanto Gustav como Georg miraron a Tom interrogantes. Ningún gesto en su rostro delató que se tratase de una broma. Estaba en lo cierto.

—¿Cancelaste---

—No cancelé nada, no se preocupen —tranquilizó— Sólo moví la fecha.

Con una expresión de triunfo, Tom pescó a sus compañeros por los hombros y les brindó una alegre expresión.

—Así que, como lo veo yo, tenemos la noche totalmente libre.

Tuvieron que pasar un par de segundos antes de asimilar que por primera vez en mucho tiempo tenían una noche libre. ¿Cómo la pasarían? Fuera como fuera, podrían sentirse unos perros sueltos, como el nombre de su canción.

En medio de sus sueños estando despiertos, apareció Beel trayendo consigo dos gafas oscuras.

—Llegaron los lentes, están renovados tal y como los pidieron —anunció alzando las prendas.

—Gracias Beel —pronunciaron los músicos tomando los lentes, menos Gustav, quien llevaba sus lentes ópticos.

—Por cierto, ¿podrías decirle al de la limusina que ya no lo necesitamos? —solicitó Tom— Hoy iremos cada uno por nuestro lado.

Obedientemente, Beel se dispuso a avisarle al chofer que no necesitarían de sus servicios esa noche, pero un ligero error al girar hizo que sus pies se enredaran y tropezara y amenazaran con hacerla caer al piso, pero Georg fue más listo y la afirmó para que no cayera.

El problema fue de dónde la sujetó. La única manera que vio Georg de evitar que Beel cayera al suelo había sido afirmarla de su falda. En ese momento, un gran flash encandiló a los presentes.

—¿Qué ra---

Al voltear los ojos, se encontraron con que una disimulada paparazzi había sacado una foto a ese breve momento.

Georg no era tonto y sabía que ese ángulo no le favorecía. Obviamente la foto se había visto extraña, ya que una persona ajena a la situación, pensaría que le había levantado la falda a la mucama. La paparazzi que le había tomado la foto se había girado velozmente para escapar. Tenía dos segundos para pensar. Resignarse o perseguirla.

—¡Oye, tú!

Ahí fue cuando comenzó la carrera entre Georg y la paparazzi, quienes desaparecieron cuando voltearon en la esquina. De seguro continuarían con su disputa allí.

—Bueno, Gus. Yo tengo mi auto afuera, así que si fuera tú encontraría algo que hacer —sugirió.

—¿Bill sabe de esto?

—Lo sabrá. Ahora mismo iré a buscarlo. Tenemos… cosas que hacer.

Gustav no tenía idea a lo que se refería, pero tenía la noche libre. Un privilegio que no solían tener y ya no se acordaba de la última vez que parrandearon como amigos, pero no importaba, tenía que disfrutar y sabía exactamente cómo y con quién iba a compartir esa velada nocturna.

—“Allá voy” —escribió en su celular.

Dejando a los chicos de lado, los músculos de Georg actuaron para perseguir a la chica quien era bastante rápida y saltaba cada obstáculo a su paso.

—¡Dame esa cámara! —exclamaba, pero no recibía respuesta— ¡Ya, hazlo!

La muchacha aumentaba aún más la velocidad, pero él no permitiría que se escapara con una foto que simulaba ser comprometedora y finalmente lo sería si llegaba a ser publicada. Tenía que tomar medidas más drásticas.

Antes de que la paparazzi se escapara, usó gran cantidad de sus fuerzas y de un brinco le atajó los pies, cosa que hizo que la chica se tropezara y la máquina cayera al suelo. Debido al impacto, se le salió la batería y la tarjeta de memoria.

—¡Es mía! —exclamó la fémina intentando alcanzar la tarjeta de memoria con sus brazos.

—¡Ni lo pienses! —acompañó Georg.

Parecía una especie de lucha libre, pues al principio la tenía la astuta paparazzi, luego Georg y así sucesivamente, todo por la continua batalla entre manos resbaladizas y casi empujones que se daban. Como se estaban quedando sin fuerzas, hubo un momento en que Georg le dio tiempo suficiente para que la profesional tomara la tarjeta y la metiera dentro de su escote. Georg se puso rojo de la impotencia.

—¡¿Qué?!

La joven le sacó la lengua en señal de triunfo y se dispuso a ponerse de pie, pero en un momento dado, el bajista la tomó por los hombros y la puso acostada en el suelo con él mirando desde arriba, hincado junto a ella. La miró desafiantemente, nadie le hacía trampas de ese tipo a Georg Listing.

—¿Crees que no la sacaría?

La chica se puso azul.

—No te atreverías…

—¿Ah, no?

—“Bill me matará” —pensaba Tom mientras sacaba las llaves de su auto— “Pero me volverá a amar cuando lo haga pasar un buen rato en el bar. Tom, eres un genio”

Se alababa a sí mismo una y otra vez mientras encendía el motor y arrancó a buscar a Bill. Su vehículo se lo había regalado su hermano mismo para navidad, otro audi para su colección. Esta vez era uno convertible.

En un punto del camino, Tom notó que una sombra se vislumbraba en su espejo retrovisor y cuando miró más detalladamente el vidrio pulido se encontró con la figura de una persona.

—¡Mierda! —gritó de susto.

La sorpresa hizo que se resbalara el auto y que casi chocara con otros dos vehículos. Por suerte logró enderezarse y se detuvo a un costado del camino, no sin antes dejar una negra huella de su repentina frenada.

Respiró agitadamente, intentando recobrar su ritmo cardíaco normal y giró para ver al intruso a la cara.

—Lo siento —dijo el sorpresivo huésped.

Para su impresión, el polisón que se había hospedado en los asientos traseros de su auto era una chica. Una joven que por alguna extraña razón se hallaba en su auto y ahora se miraba con su dueño de manera interrogante.

ATTE

MASATO

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